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Querido Padre:

 

Escribo esta carta porque  quiero que sepas algunas cosas mías. Aunque podría hablar de muchos temas, algunos de pronto  poco agradables, quisiera limitarme a decirte algunas cosas que pienso de ti, y otras de muchas que te agradezco.  

 

Debo decir que me ha llevado mucho a­ños llegar a entenderte mejor. No ha sido fácil en parte porque eres una persona compleja, llena de energía y con un carácter muy particular; y en parte además porque me ha tomado tiempo comprender el complejo recorrido de mi vida  mucho mejor para así poder intentar decir algo de los demás. Sea como sea, lo que sé sin duda es que soy una persona muy especial. Tal vez esta carta te haga saber un poco por qué.

 

Debo comenzar diciéndote que  tal vez a comparación de tus otros hijos yo te conozco  en ciertos aspectos que para los demás están vedados.  Tal vez nuestras agarradas tan fuertes cuando hablábamos duro eran en parte porque en ciertas cosas nos parecemos. Ambos somos seres que tenemos mucha energía –lo que los griegos llamaban thumos (espíritu)— y a veces no la sabemos encaminar lo mejor que podemos.

 

Quisiera hacerte saber algunas cosas que recuerdo de ti  y que tal vez tu ignoras. Te cuento, por ejemplo, que mi amor por los relojes se lo debo a ti. Toda mi vida he tenido relojes y no me interesa tener ningún otro lujo en términos de joyas. Siempre recuerdo todos los relojes que me regalaste y cada reloj que tengo me recuerda que tu me enseñaste a  querer los relojes. Tal vez tu no sepas eso. Pero de eso se trata esta carta, que sepas  algunas cosas que ni te imaginarías.  Las veces que me robaron los relojes en Colombia debo decirte que  para mi era crucial volver  a conseguir un reloj. Estoy seguro que no te imaginarías lo que hace que un padre le enseña a un hijo a querer los relojes. Pero aún más yo he ido mucho más lejos y gracias a mis estudios he intentado comprender filosóficamente la temporalidad que somos como seres humanos. Esa temporalidad que se nos escapa a los dos pues ambos envejecemos y mi cuerpo tal vez lo haga más rápido aun que el tuyo que todavía camina por las fincas.

 

Y esto mismo podría decir de las cámaras. Hoy en día tengo un Canon Digital muy bella y si no es porque tu nos inculcaste que comprar una cámara era importante nunca habría sabido lo crucial que es. Desafortunadamente tengo muy pocas fotos tuyas, pero sin embargo como te revelará esta carta a veces las fotos son poco importantes. Esta carta es una de las fotos que tengo tuyas, refleja el cómo te veo a través de mi lente actual.

 

Recuerdo además con muchísima alegría los postres que nos traías  de Pan Fino de la 15.  Cada vez que veo postres en una delikatessen recuerdo eso. Tal vez no nos hayamos visto  mucho en ciertos momentos, talvez en los momentos en que nos hemos visto, hemos hecho todo menos vernos (tal vez, lo repito, porque en elementos de nuestro carácter somos un poco parecidos). Pero te invito a que cuando veas un Pan Fino recuerdes que yo recuerdo como nos endulzabas la vida con esos postres y brazos de reina (para no hablar de los tamales). Con tu diabetes no podrás disfrutar de esos postres como lo hacías antes, pero tal vez a tu edad sea mejor recordar que un hijo recuerda lo dulce que eran esos obsequios azucarados.  

 

Sin lugar a duda el más importante regalo que me has dado es el amor por la naturaleza. Eso si en verdad no tengo cómo agradecértelo.  Tal vez tu me conozcas muy poco, tal vez yo no sea fácil de conocer (afortunadamente), pero lo cierto es que el haber vivido en las fincas –así fuese simplemente de turista y no de trabajador como tu—  es un regalo incomparable sobre el cual no puedo uno sino decir gracias. Claro  hubo muchos problemas también, y  tal vez nunca entiendas cómo veo yo (con la influencia de profesores como Charles Taylor, Thomas Pangle y Aristóteles) las fincas, pero lo que sí es cierto es que sin tu dedicación y entrega a ellas nunca habría podido vivir la cercanía que siento a las frutas, a los árboles, a los caballos y tantas, pero tantas otras hermosas verdes realidades andinas y latinas que me permitiste conocer desde joven. Hoy en día mi doctorado tiene mucho que ver con la relación que debemos tener los seres modernos con la naturaleza. Vuelvo y te repito, no tengo como agradecerte el que hayas hecho posible con tu vida eso para mi. Tal vez recuerdas cuando me trataste de comprar algunos libros de Emilio Salgari con sus cuentos de piratas y filibusteros. Pues bien gracias a ti viví en carne propia mi propia aventura entre los árboles que plantaste y que defendiste con toda tu fortaleza.

 

Recordaré siempre  cómo hiciste posible que se hiciera el proyecto de FORFA. Yo creo que ustedes no entenderán nunca cual era la idea detrás de todo ese evento. Como le dije a Carlos en el momento en que me despedí,  el haber hecho FORFA fue un verdadero error. Como le indique se enriquecerían mucho más ustedes si leyeran lo que se ha escrito de las posibilidades en la comprensión y el uso de la propiedad privada. No en vano uno de los temas políticas que más me interesa es el papel de la propiedad privada en la sociedad. En ese tema soy radicalmente aristotélico; tal vez tengamos algún día tiempo para discutirlo. Lo cierto es que, no importa quién tenga FORFA, ahora es evidente que es un apartamento muchísimo más bello de lo que era antes. Y sin duda tu fuiste el que en principio lo hizo posible. Espero que con tu años, tu experiencia y tu madurez puedas ver qué podría haber detrás de dicho proyecto y que comprendas lo que no has podido comprender hasta ahora.  

 

Es muy desafortunado que la vida  no nos enseñe muchas cosas más rápido a los hijos y que  no haga más abiertos a los padres y a las madres.

 

Sin embargo debo recordar dos cosas más que jamás dejarán de impactarme de ti. En primer lugar, el humor que es el elemento de tu personalidad que siempre llevaré como recuerdo dentro de mi. Esa capacidad para ser irónico y burlarse de los demás pero al mismo tiempo hacer sonreír al otro. Esa habilidad yo la he desarrollado un poco en mi vida, pero sin duda  tu gran habilidad como orador, como  magneto  publico y tu energía de comandar atención  son dignas de admiración y grato recuerdo.  Sin duda tu sabes que esas habilidades se te han escapado de las manos a ti muchas veces, pero al mismo tiempo son habilidades que hoy en día sea han perdido más y más en nuestra sociedad.  El ex ministro Londoño es por el estilo. Además por momentos no tuviste una audiencia  apropiada. Pero igualmente a veces no supiste ver la audiencia que tenías al frente. Tu eres un ser de vieja época, de un universo  más aristocrático y eso me ha tomado tiempo comprenderlo. Debo decir que eso me pesa un poco. Por ejemplo, créeme que hoy en día te entiendo mucho más y recuerdo entre sonrisas como hacías tanto énfasis en que conocías al hijo de un  ministro de Guatemala —no importa si es Guatemala o no—- en McGill (entre otras importantes personalidades políticas) . Debo confesarte que es admirable que hubieses conocido a gente tan importante. Por múltiples razones  en un principio pensaba que simplemente hablabas de esas memorias por pura soberbia. Pero debo decirte: ¿uno a veces si es un poco cerrado, no? Sin embargo hoy en día tengo una visión mucho más compleja de la vida. Y claro es una visión todavía muy diferente a la tuya, pero que reconoce algo de la tuya. Te agradezco que en un momento dado hayas intentado contactarme con tus amigos importantes. En verdad siento,  por diferentes razones,  no haber estado preparado para esa oportunidad y al mismo tiempo  sé que tal vez yo tenía que vivir ciertos eventos en mi vida para poder comprender mejor  quién soy y cuál es la relación entre la vida política y la vida filosófica. De eso se trata mi doctorado y por ello he leído bastante a Bolívar y a Luis Carlos Galán entre otros.

 

El segundo elemento inolvidable de tu carácter es tu habilidad  como ser público. Eso sin duda lo debiste heredar de tu padre y su actividad pública muy importante para nuestro país. Siempre me preguntaré por qué no ingresaste a la vida pública colombiana. ¿Acaso no sabes tú que eres  en parte el prototipo perfecto del hombre público? Aquel hombre que  es líder de proyectos y que por ser líder, y por ser generador de múltiples ideas, tal vez es, en ciertos momentos, incomprendido; ser que además lleva consigo una cierta soledad así este acompañado de muchas personas. Por ejemplo, siempre me arrepentiré de no haber aprovechado todo tu conocimiento de la historia política colombiana; que me contaras de la época de la violencia, de los cambios estructurales que ha vivido el país en estas décadas. Como hubiera querido que me contaras  tus recuerdos del Bogotazo, tus recuerdos de  Bogotá cachaca, tus recuerdos de lo que fue  la transformación de la Colombia cafetera a una que  diversificó su economía (como tu obviamente lo has tratado de hacer con Samarkanda y Picachos). Que me contaras tus recuerdos de conversaciones con el abuelo sobre política y sus implicaciones para el país. Como hubiese querido aprovechar tu conocimiento del colombiano común, tu contacto con los campesinos, con las autoridades, con los grupos extremistas. Sin duda cuentos imprescindibles para comprender el futuro de nuestro país. Tu escogiste a Colombia habiendo poder vivido en cualquier país del mundo. Esa es la decisión de un ciudadano comprometido. Lástima no haber podido llevar a cabo más discusiones sobre el importantísimo rol de Uribe en la actualidad colombiana. Los últimos años de estudio los he dedicado a una comprensión más cabal de la historia política colombiana y debo decirte que tenia una mina de  oro al frente y por cuestiones de la vida  permaneció, como El Dorado (y como las guacas de Picachos),  oculta.

 

Finalmente debo mencionar la cantidad de libros  que siempre tuviste a tu lado. Que triste legado el que dejamos nosotros dos de nunca haber hablado de un libro. Me estremezco de ver los pocos libros que tienen tus otros hijos e hijas en sus casas y apartamentos. Una vida sin libros es una vida empobrecida, limitada, peligrosamente ingenua e ignorante. Cómo le pesan a uno ciertos eventos en la vida. Pero al mismo tiempo te aseguro que si no hablamos de libros, y no se si quiera  si hablásemos de los mismos libros, lo cierto es que en mi vida los libros se han vuelto  como los hijos que no he tenido.  Siempre recordaré el que la última vez que estuve en Toronto te pedí que me enviaras los libros de arte que había dejado en Colombia y que tu me regalaste. Tu me los enviaste sin dudarlo un segundo. No en vano ya voy a tener unos 200 cuadros. Además todavía tengo conmigo los tomos del Quijote que me regalaste. Y claro yo ya he leído el Quijote dos veces, espero que tu lo recuerdes bien. Sobretodo porque ante su inminente muerte Don Quijote escucha llorar a quienes  lo rodean en su lecho de muerte. Y él —-ya medio cuerdo, todavía medio desquiciado—– les dice que dejen de llorar pues lloran porque ellos no han vivido la vida.  Si supieras lo que he vivido en mi vida, de pronto te desmayarías. Esta carta se trata de agradecerte lo que has hecho con la tuya, pero con cierto nivel de profundidad y complejidad.

 

Pero claro,  debo decir que con los años de lectura que he hecho en mi vida es muy, pero muy seguro, que en ciertos temas no aguantarías ni dos rounds conmigo!

 

Tantas cosas que te agradezco, y yo lo he hecho muchos años. Pero tal vez es muy importante que ahora sepas estas cosas. Yo tengo muy buena memoria hasta en detalles mínimos y por eso serían muchas más las cosas que podría escribir, sin esfuerzo, sin tener que pensar demasiado.  

 

Sólo te mencionaré una. Una de las últimas veces que nos agarramos en vivo y en directo fue en el sótano de la 140. Tal vez tu no te acuerdas ya. Pero yo si recuerdo muchas cosas con muchos detalles. El reloj del carro marcaba las 11:11 de la noche y tu me dijiste que era curioso. Desde esa época siempre que veo un reloj y lee las 11:11, deseo que estés bien y que  tu cuerpo sea fuerte para poder vivir más años.  También pido que  tengas una mayor autoconciencia de quién eres.

 

En verdad te pido que esa alma tuya, tan fogosa y llena de espíritu,  trate de calmarse cuando le hable a los demás y sobretodo  a tus otros hijos y a tus nietos. A mi me ha tomado mucho tiempo entender que tu fogosidad puede ser una virtud muy importante hoy en día.

 

Como te ha dicho mi madre esta carta es para ti  y su contenido es un secreto mutuo que nunca podrá ser develado en sus detalles. Confío en tu palabra.

 

Por último hay un evento del cual sí debo pedirte disculpas desde lo más profundo de mi alma. Cuando me gradué de los Andes no te invité al Grado. Eso fue muy ordinario  y grosero de mi parte. En verdad te aseguro que yo a veces soy un poco ordinario y grosero (¿quién lo creyera, no? Pregúntale a mi madre!). Pero por esa acción tan malagradecida te pido disculpas profundas. En aquel momento era muy joven,  y como todo joven cometía errores a diestra y siniestra. Ahora ya no soy joven, mucho menos desde que enfermé gravemente hace unos años.

 

Te repito,  muchas cosas más se podrían decir y es nuestra tragedia que sólo la distancia nos hizo medio conocernos un poco.   Pero lo cierto es que una muy gran diferencia entre los dos es que yo en corto tiempo puedo escribir esta carta –así sea muy limitada—, y hasta defenderte ante mi propia madre a quien quiero mucho. ¿Serías tu capaz de escribir algo parecido en corto tiempo? Ahí esta tu reto. ¿Serías tu capaz de defenderme a mi también ante los cercanos tuyos? Ahí está tu reto. ¿O será que tus ojos todavía cargan la rabia  que les he visto pueden cargar?  Ahí está tu reto.

 

Además debo aprovechar para decirte, así no lo quieras oír, que yo te perdono por lo que me dijiste la última vez que hablamos; te perdono así no hayas sido capaz de pedir disculpas. Es fácil decir groserías —-y a veces nos toca ya que un hijueputazo  es la mejor palabra en ciertos momentos—- pero  tu eres mucho más inteligente que eso.  Igual te perdono.

 

Te deseo salud y que puedas en tus últimos años de vida hacer un honesto recorrido por tu caminar en este mundo  que gracias a tu presencia hiciste más interesante y más complejo de lo que hubiese sido si  hubieses sido diferente a como eres. Sin que lo comprendas, entiendo mucho mejor  la visión política de Platón gracias a tu presencia. Te recomiendo, entre muchos otros, por lo menos que leas La Apología de Sócrates. Y claro, sigue leyendo la Biblia.

 

Un abrazo de,

tu hijo que te quiere y que a veces no supo quererte; a veces por miedo de niñez, a veces por conveniencia de joven, a veces por ceguera de humano y a veces por diferencias  demasiado profundas de filósofo e hijo maduro.   

 

Un abrazo de,

tu hijo que  tuvo el coraje de nunca quedarse callado como los demás.

 

Un abrazo de,

tu hijo cuyas piernas de deportista están lentamente dejando de funcionar.

 

 

Andrés

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Santafé de Bogotá,

Diciembre 4 de 2002,

PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA
DEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA

Padre Vicente Durán
Decano
Facultad de Filosofía

REF:  CONTINUACIÓN LABORAL CON LA UNIVERSIDAD JAVERIANA
SEMESTRE I 2003

Estimado Padre Durán:
Por medio de la presente quisiera hacerle saber padre que he tomado la difícil decisión de no continuar el próximo semestre como profesor de planta en la Universidad Javeriana. ¿Qué decirle, padre, acerca de esta decisión? Muy acertadamente —pero tal vez por razones poco comprensivas de situaciones concretas—- se me ha resaltado la importancia de intentar ser más conciso y pulido en mis escritos. Trataré de serlo.
Sin duda interesa recalcar sobretodo el agradecimiento que le tengo a la Universidad Javeriana por darme la oportunidad, así fuese breve, de sentir el placer —-en medio de las dificultades físicas—- de enseñar temáticas que son de absoluta importancia para mí. Esta oportunidad ha transformado mi vida radicalmente. Eso se lo debo a ustedes y no hay cómo agradecerlo. Espero que con mi futura mejoría general pueda regresar a la actividad de la enseñanza. Pero sin duda la actividad de lectura filosófica puede “sin dificultad” continuar.
¿Por qué no continuar en la Javeriana? Las múltiples razones se las he dado a conocer personalmente tanto a Alfonso como a Fernando. A ambos les agradezco —y se los he hecho saber de una u otra manera—- muchas cosas, pero sobretodo el que ante una situación difícil por lo menos hayan hecho lo posible para que no se hiciera más difícil aún (como podría haber ocurrido). No quisiera imaginar cómo hubiese sido todo si no me hubiese ido más  o menos bien en las encuestas, y en las labores que cumplí. Pero en tanto que dichas razones las articulé claramente, incluso muchos meses atrás, no interesa pues  volver a recalcarlas, a re-sentirlas.
Tal vez sólo me permitiría recordar dos cosas. La una tiene que ver con palabras del propio rector de la Universidad, Padre Gerardo Remolina. En un artículo titulado ”Reflexiones sobre la formación integral“, indica él uno de los aspectos más importantes para ser profesor. Allí escribe:

“Es aquí donde se encuentra la semilla de la vocación del docente que se convierte en maestro; es decir, en alguien que sabe comunicar sus conocimientos con y por amor, con el corazón. Maestro es quien sabe llegar al corazón de su discípulo y contribuye así a  convertir en universal su saber.”

Entiendo sobretodo estas palabras en el sentido del eros socrático y/o en el sentido de ágape de Taylor; no en un sentido romántico simplista e ingenuo. La razón más importante para dejar la Javeriana, no es mi grave enfermedad per se  (pues sería bastante extraño que entre mejor me encontrara físicamente, pudiese “hacer” menos); radica, por el contrario, en que no estoy seguro de que estas palabras se tomen a veces con la seriedad que requieren por parte de algunos docentes. Pero entonces preguntaría usted, ¿hombre, Andrés, por qué no ayudar a cambiar esta situación? Lo hice como profesor de inglés, tal vez lo hice en cierta medida este año. Pero sin duda esta pregunta la haría una persona bastante sana. La respuesta es que, aunque pude volver a caminar luego de no poder hacerlo por mucho tiempo (¿alguien se imagina lo que es esto para un deportista consumado?¿Resulta incluso molesta la pregunta?), aunque pude bloquear muy intensos dolores continuos durante meses que permeaban mi corporeidad noche tras noche, aunque pude eliminar casi todas las grandes cantidades de drogas que tuve que tomar,  aunque tuve que vivir con las consecuencias de decisiones de alta complejidad y cuestionable racionalidad, aunque pude sobrevivir el suicidio de mi muy querido doctor Fernando, aunque pude comenzar el doctorado y obtener muy buenos resultados, aunque pude ganar la convocatoria y dar hasta la última gota de esfuerzo y aprender de la oportunidad al mismo tiempo, aunque pude casarme y hacerlo de manera hermosa; aunque todo esto es verdad, pues la verdad es que fuerzas pocas tengo. Y  esa  si que no era la idea.
En segundo lugar me permitiría recordar algunas palabras de Aristóteles. Sin duda hasta ahora comienzo mi esfuerzo por comprender más y más su ética; en gran medida gracias a las preguntas generadas por el profesor Thomas Pangle. Pero, aún así, me interesa recuperarlas. Hacia el final de la Ética Nicomáquea, en el libro X, se indica:

“además, la educación particular es superior a la pública, como en el caso del tratamiento médico: en general, al que tiene fiebre le conviene el reposo y la dieta, pero quizá alguien no le convenga, y el maestro de boxeo, sin duda, no propone el mismo modo de lucha a todos sus discípulos. Parece pues, que una mayor exactitud en el detalle se alcanza si cada persona es atenida privadamente, pues de esta manera cada uno encuentra mejor lo que le conviene” (Ética  Nicomáquea,  Libro X, 1180b7-14)”

Sin duda el caso de una persona que está en medio de una recuperación para nada asegurada, de una enfermedad crónica grave, implica cierto tipo de “educación particular” que va más allá de cuestiones estratégicas (ascensores, etc.). (Y sin embargo, pocos saben —–tal vez sólo mi esposa—– cuáles fueron las implicaciones de no haber dictado mi primera clase este semestre en un salón por confusiones estratégicas.) Desafortunadamente en el momento en que se requería de mayor comprensión por parte de algunos colegas, primó más el interés de justificar la decisión tomada en términos de recibir otro profesor de planta en el Departamento. No hubo falta de exposición verbal de la compleja situación vital por la que yo vivía (vivo), y sí en cambio cierta negligencia en términos de sabiduría práctica y paciencia. Por ejemplo, si algún elemento que puede disparar la artritis, es un cierto tipo de tensiones añadidas, llamémoslas “extracurriculares”,  a las que todos tenemos que vivir en el día a día. Tal vez ustedes se pueden dar el lujo de investigar si dichos elementos son subjetivos u objetivos; un enfermo no. Uno no se puede dar muchos lujos. Sin duda tal vez las palabras de Aristóteles representen la  encrucijada de la Universidad moderna; pero no puede jamás ser la encrucijada de la filosofía, y menos aún,  a nivel de doctorados.

Dado el preocupante futuro que percibo tendría en Colombia ––sobretodo en términos de seguridad médica—- he decidido viajar a Canadá que es como mi segunda patria. Espero poder continuar mi doctorado, pero ya estoy absolutamente consciente que para poder hacerlo primero debo  o recuperarme en punto cercano al 90-100% (o como Mockus pide, al 110%); o encontrar un espacio en el que pueda realizar ciertas actividades, siendo optimistas, al 70%. Pero si no pude en la Javeriana —-que hasta cierto punto en realidad trató de proveerme un espacio, y repito, por eso estoy inmensamente agradecido— pues no hay razón para ser demasiado optimistas en  ese  aspecto. Pero dejar de leer e investigar, nunca.

¡Creo haberme extendido una vez más en demasía! ¡Tal vez aprenda a ser más concreto con el correr de los años; confiando en que sean muchos más!

Padre, le deseo salud, la mejor de las suertes y felicidad; y, en verdad, le pido que en sus rezos me tenga presente. Recordaré su pregunta acerca de la relación entre el lenguaje y la verdad, e intentaré la búsqueda de posibles respuestas. Además, le entrego a Alfonso y a Fernando una copia de esta carta de despedida.

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Profesor Andrés Melo Cousineau

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PhD Seminar

Introducción

El ensayo de Taylor titulado “The Validity of Transcendental Arguments” (TVTA) sorprende. ¿En qué sentido? En la medida en que el ensayo que le precede, llamado “Overcoming Epistemology”, parece crear una tensión entre los dos. Esto es así ya que pareciera que una superación de la epistemología involucraría una crítica radical a los argumentos transcendentales: ¿no son estos, por excelencia, argumentos de tipo epistemológico? Es decir, ¿no plantean ellos la cuestión epistemológica de cómo, dado un sujeto de la experiencia, logra éste mismo sujeto vincularse —-de alguna manera “conectarse”—- con los objetos que están allá “afuera” para ser conocidos? Sobretodo la aparente tensión se revela en la medida en que Taylor pareciera no ser un aguerrido defensor de Kant sobre quien señala al final de su ensayo (“TVTA”): “fácilmente podemos sentir que el intento de Kant de formular las condiciones límite para la experiencia fue infectado por ciertas doctrinas filosóficas de su tiempo, y que la naturaleza de esta coherencia debiera ser caracterizada de manera diferente.” (mi énfasis; p. 33).[i] En parte, sin duda ese otro intento de caracterización es el tayloriano. Sigue él ciertas concepciones criticas del modelo epistemológico como son las de Dasein en Heidegger —Dasein es siempre un “estar–en-el-mundo” y no un sujeto desvinculado de dicho mundo— o la consideración de sujeto como être-au-monde de Merleau Ponty. Y el que resulte extraño ver a Taylor defendiendo cierta reinterpretación de estos argumentos lo recupera bien Keith Hewitt en “Taylor on phenomenological method: A Hegelian refutation” para quien hay demasiadas semejanzas entre Kant y Taylor. Según Hewitt, en últimas, para ambos “la subjetividad o la razón no se manifiesta en el mundo real, y el mundo, de manera acorde, es en gran medida algo que es ‘extraño’ u ‘otro’.”[ii]

Pero precisamente el interés de Taylor es, creo yo, reinterpretar los AT para superar su origen meramente epistemológico. Para desarrollar el argumento me interesa mirar tres elementos interrelacionados: 1) mirar brevemente el movimiento de los argumentos trascendentales y cómo son ellos utilizados en Kant, 2) mirar las innovaciones de Taylor que encarnan dichos AT en la praxis corpórea situada mundanamente, y finalmente 3) mirar una pregunta pictórica.

1. Qué es un AT y cómo se dan en Kant su originador

Roderick Chisholm en su “¿Qué es un argumento trascendental?”[iii] nos entrega el movimiento característico de los AT que son el resultado de un cierto tipo de procedimiento trascendental (PT). Primero se advierten ciertos rasgos generales de un objeto de estudio. Posteriormente, tras la reflexión, se llega a principios relativos a las condiciones necesarias de la existencia de dicho objeto. Finamente aplicando estos principios se deducen ciertas consecuencias con lo que culmina el argumento trascendental: “uno concluye que con ello se ha mostrado que las proposiciones así deducidas están justificadas”(pg 86). El análisis trascendental kantiano inaugura este tipo de argumentación.

La revolucionaria investigación kantiana en la primera Crítica revela que existen, aparte de nuestra experiencia a través de los sentidos, formas a priori como lo son las de la causalidad y la unidad. Estas formas no se nos dan ellas mismas dentro de la experiencia, pero enigmáticamente también es cierto que es sólo a partir de su presencia que el experienciar es del todo posible. La expedición crítica en busca de los fundamentos racionales de dichas categorías, las estructuras universales de la razón que permiten la organización del mundo fenoménico, es la “Filosofía Trascendental”. Se aleja ésta tanto del empirismo simplista como del dogmatismo realista al comprenderse como “todo concomimiento que se ocupa no tanto de los objetos, cuanto de nuestro modo de conocerlos” (CRPu, 58; mi énfasis). Las preguntas fundamentales de dicha filosofía trascendental incluyen:¿Cómo es posible la experiencia de objetos reales para nosotros modernos herederos de la ciencia? ¿Con qué derecho podemos argumentar racionalmente que nuestro conocimiento realmente hace referencia a objetos “allá afuera”? ¿Cómo puedo constatar racionalmente que mi conocimiento “sale de sí” y hace posible la objetivación? (CRPu 139).

Por ejemplo, al determinar la categoría de la unidad —que la experiencia por sí sola no puede garantizar ya que el simple hecho de que la luz solar cambia constantemente cambia por ende la percepción de cualquier objeto real—– reconozco que ya en mí como ser humano racional hay una unidad que no es propiamente la misma de la categoría en cuestión. Esta unidad original, que logra integrar los troncos de la sensibilidad y del entendimiento, es precisamente aquella que permite la utilización de la categoría particular de la “unidad” (y claro, de toda otra categoría subsiguiente). ¿Qué unidad es ésta tan peculiar? Para Kant esta unidad es la unidad fundamental de la conciencia pura trascendental, es la unidad de la apercepción, de la autoconciencia. Aquello que Descartes no pudo explicitar referente al cogito, logra en Kant una más profunda demostración. La unidad de la subjetividad trascendental hace posible la experiencia misma: “el entendimiento puro constituye pues, en las categorías, la ley de unidad sintética de todos los fenómenos, y es lo que hace así primordialmente posible la experiencia” (CRPu 150; mi énfasis). Sin ella seríamos incapaces de organizar el mundo de una manera tal que lo podamos conocer, y sobretodo conocer científicamente. La autoconciencia para Kant hace posible el mundo humano y el entendimiento en particular es por lo tanto “él mismo la legislación de la naturaleza ….. sin él no habría naturaleza alguna, esto es, unidad sintética y regulada de lo diverso de los fenómenos” (CRPu 149; mi énfasis).

O como lo pone Taylor, quien comienza su ensayo aludiendo precisamente a Kant: se parte del insight[iv] de que debemos poder distinguir en la experiencia “un orden objetivo de las cosas de un orden meramente subjetivo.” (pg 20). Solo así tenemos experiencia de algo; una experiencia no objetual no es humana. Pero precisamente esa unidad la entrega, en Kant, el yo trascendental ya mencionado: “Debo poder reconocer de todas mis experiencias que son mías; en otras palabras, el yo pienso debe poder acompañar todas mis representaciones”.[v] El PT, señala Taylor, es de tipo regresivo; se parte de una faceta innegable de la experiencia y por medio de la argumentación regresiva se articulan las condiciones necesarias de dicha experiencia. El punto final de la argumentación proveería una tesis concluyente más sólida, a saber, un llegar a aceptar en la articulación argumentativa que hay una necesidad incuestionable de que nuestras experiencias tengan cierta unidad que es característica de la experiencia de nosotros como sujetos.

2. AT reapropiados por Taylor.

Pero si Taylor no está aquí interesado en cuestionar la validez del argumento kantiano sino sólo señalar su tipo (p. 21), entonces, ¿qué, más concretamente, pretende? Sin duda recuperar el tipo de argumentación cuya forma ha sido reapropiado por la filosofía, por ejemplo, de Merleau Ponty. Reemitiéndonos a Ponty queda inmediatamente claro que el punto de partida no es el kantiano, es decir, el de un sujeto contrapuesto a su objeto que le es externo (recordemos la muy problemática dicotomía kantiana: “el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”). Por el contrario el punto de partida es la percepción de un agente corpóreo; y sin embargo, según Taylor el proceder es semejante. Se parte una vez más de “ciertas características incuestionables de la experiencia”, a saber, la percepción del ser humano como agente encarnado (embodied). De allí se llega a comprender que un sentido de nosotros como agentes corpóreos es condición necesaria para que nuestra experiencia tenga las características que en efecto tiene. Regresivamente se concluye que nuestra experiencia es —–mejor dicho, sólo puede ser—– la de agentes encarnados/corpóreos (embodied subjects).

Taylor se cuida de ser malinterpretado. El que el sujeto esté vinculado al mundo como ser corpóreo en tanto ser perceptivo, NO quiere decir que causalmente sea dependiente de ciertas propiedades corpóreas. Claro, sin luz el ojo no ve; pero la vinculación tayloriana va más allá de esta afirmación causal. Por el contrario explica Taylor:

“Por el contrario la afirmación es que nuestra manera de ser como sujetos es en aspectos esenciales la de agentes encarnados. Es una afirmación acerca de la naturaleza de nuestra experiencia y pensamiento, antes que de las condiciones empíricas necesarias para estas funciones. El decir que somos esencialmente seres encarnados es decir que es esencial para nuestra experiencia y pensamiento que sean las de seres encarnados”. (pg 22)

¿Cuál es la experiencia más fundamental de dicha encarnación? Para Ponty, como hemos dicho, la percepción. Todo humano percibe; esto incluso así algunos de sus sentidos se haya perdido, o surjan casos extraños como los de la sinestesia en los cuales los sentidos se entrecruzan generando mundos un poco extraños para nosotros con sentidos “comunes y corrientes”. Pero, ¿por qué es está función humana la más básica? Primero, señala Taylor, porque siempre está ahí, mientras “yo” esté allí; bajo otra tradición, incluso el fin de la “apatheia” estoica parte precisamente del pathos humano. Y segundo porque es el fundamento de toda otra manera de “tener” un mundo: “nuestra apertura primaria al mundo, el horizonte ineludible de toda otra, es a través de la percepción”. (pg 23). Nacemos percibiendo y tan lo hacemos que pronto nuestro mundo se reduce, según un freudiano, a un seno. Es decir, la percepción es ESENCIALMENTE la de un sujeto corpóreo/encarnado/vinculado con el mundo. De nuevo, “esencialmente” quiere decir no que la percepción depende de ciertos estados causales de nuestros cuerpos —por ejemplo es un hecho causal que en tanto ser humano no escucho ciertos ruidos “subsónicos” realizados por los elefantes—- sino que nuestra experiencia perceptual es tal que sólo podría ser la de una agencia corpórea arraigada en un mundo.

Por ejemplo –y a diferencia de las categorías epistemológicas kantianas— el campo de percepción está constituido por un “arriba-abajo”. La pareja “arriba-abajo” permite configurar el mapa perceptivo coherentemente. De lo contrario, la experiencia sería una en que “no sabemos dónde están o qué son las cosas; perdemos el hilo del mundo, y nuestro campo perceptual no es ya el acceso al mundo, sino los confusos escombros (debris) en que nuestra manera normal de comprender las cosas se derrumba.” No por nada los rescatistas deben practicar una y otra vez la desorientación que sigue a la caída de un helicóptero en el agua; el mundo se hace anormal y debo salvarme.

Pero el campo “arriba-abajo”, ¿se constituye él a partir de la experiencia? Sin duda se activa con ella; pero es ella la que en cierto sentido permite experiencia cualquiera. Por ello señala Taylor que el “arriba-abajo” no sólo está relacionado con mi percepción corporal. El “arriba-abajo” no depende de una referencia a lo más arriba que tengo, a saber, mi cabeza. El arriba cuando estoy acostado, doblado e incluso boca abajo –tratando de impresionar a mi novia— no es referido a mi cabeza. Pero entonces pensaríamos que su configuración se da primariamente a través de los objetos del mundo. ¿Qué es arriba? Miré para el cielo; o más dramáticamente el Hades abajo, el Cielo con mayúsculas arriba.

Por el contrario para Taylor: “mi campo tiene un arriba y un abajo porque es el campo de un agente de este tipo. Está estructurado como un campo de acción potencial.” (mi énfasis, 23) Pero Taylor duda un poco y se pregunta, ¿no será demasiado apresurado descartar la posibilidad de que la orientación arriba-abajo se desprenda de indicaciones en el mundo? Como pregunta él: “¿cómo sé lo que es arriba excepto si miro la tierra?” O en términos bogotanos, todos sabemos que al decirle a un taxista que suba por la próxima calle nuestro referente –casi inconsciente—son los cerros orientales. Sin embargo para Taylor hay una confusión aquí. Claro, tenemos que percibir el mundo para saber dónde está el arriba, y podemos ser engañados por distorsiones perceptuales como los espejos en circos o en automóviles. Sin duda necesitamos de indicativos (cues) adecuados. Pero lo que comprendemos por estos cues es precisamente la direccionalidad arriba-abajo. Y esta bidireccionalidad humana —-dentro de un complejo de preposiciones direccionales que tanto nos enseñaron en Plaza Sésamo—- lo que señala es que: “lo que son arriba y abajo, mejor, son las direcciones orientadoras de nuestra acción y de nuestra postura.” Incluso un astronauta en el espacio, que como en Odisea 2001 es desprendido de su nave por un robot “enloquecido”, “sabe” que, siendo humano el orientarse a partir de un “arriba-abajo”, pues resulta aterrador no poder hacerlo.

Y aquí comienza la innovación de Taylor. Los AT para él abren no una postura epistemológica propiamente, sino una postura practico-vivencial: “percibimos el mundo … a través de nuestras capacidades para actuar sobre él.” Percibir es el más rudimentario actuar humano; no en vano la aparición de la perspectiva es ella misma un producto histórico que involucra otro tipo de actuar sobre la naturaleza (ver SotS Cap 12 en lo referente al arte renacentista). Lo que abre la direccionalidad arriba-abajo es mi actuar, me permite reconocer el escenario de mi quehacer. Taylor privilegia cierto tipo de pragmatismo sobre un mero conocimiento ensimismado: “somos esencialmente seres vivientes, y como tales actuamos sobre el mundo … Estamos por lo tanto ineludiblemente abiertos al mundo” (mi énfasis: 25). Pero además este tipo de orientación espacial se asemeja para Taylor —como señalábamos en el anterior ensayo—-a la orientación del ámbito de la ética y del bien: “La orientación en el espacio resulta ser similar a la orientación en el espacio físico. Sabemos dónde estamos gracias a una mezcla de puntos topográficos (“landmarks”) ante nosotros y de un sentido de cómo hemos viajado para llegar a ellos.”[vi]

En este sentido la direccionalidad arriba-abajo no es un dato contingente que se descubre empíricamente, sino que es constitutivo de nuestra experiencia como sujetos corpóreos. Análogamente en el ajedrez el movimiento de la reina es constitutivo del juego porque o sino no existiría el juego de ajedrez. De manera similar lo es la capacidad orientadora humana: “no podríamos tener un sujeto con un campo articulado como el nuestro que de manera contingente no fuese un agente corpóreo. Su ser un agente corpóreo ayuda a constituir su campo.” (p. 25)

2b. ¿Qué establece el argumento trascendental?

Le importa señalar a Taylor que dichos argumentos no establecen una verdad ontológica. Su prueba no es en este sentido una que convenza a un escéptico radical. Se excede el propósito de los AT si se toman como una prueba ontológica que concierne la naturaleza definitiva y transhistórica del ser humano. Por el contrario “lo que se demuestra es que nuestro pensamiento , nuestra experiencia, y en general nuestra función como sujetos debe ser descrita como esencialmente el pensamiento o experiencia de agentes corpóreos” (26) Dicen algo de nuestra vida como sujetos corpóreos; o en otras palabras no podemos ejercer subjetividad y ser en el mundo sin un sentido de nosotros como sujetos que son cuerpo. (¿No podríamos decir que si Geist se encarna lo hace porque nosotros, sus vehículos somos corporeidad?) En particular en su constante confrontación abierta pero decidida con el reduccionismo neurofisiológico enfatiza que los AT no cierran la pregunta de si un tal sistema sea posible en efecto. Los AT como los ve Taylor no cierran el campo del saber, permiten saber qué campos —-en plural— son posibles para los humanos.

Pero si no deciden qué en últimas somos, entonces ¿qué deciden? Poco o mucho. Apuntan a señalar que somos seres encarnados en prácticas. Si bien no prueban en su regresión condiciones a priori incuestionables para Taylor sus conclusiones son muy significativas. El que demuestren que somos seres corpóreos “si muestra la forma que cualquier relato debe tener que involucre nuestras autocomprensiones.” (p. 27) En términos prácticos las implicaciones para las ciencias sociales son totales. Las aproximaciones a la comprensión de lo humano que pretendan comprender a complejidad de lo que somos en términos solamente reductivos (por ejemplo el doctor Llinás), o dualistas (por ejemplo la separación kantiana entre sujeto y objeto), no ven la complejidad de nuestra constitución humana. En ese sentido para Taylor incluso: “los resultados puedan no ser válidos pero el problema es claramente significativo.“ (p. 27)[vii] Un ejemplo importante lo hallamos en el otro ensayo para esta sesión. En “Interpretation and the Sciences of Man” al considerar el ámbito de lo político ——¿no es éste el ámbito de la praxis por excelencia?; y cabe recordar que Taylor es profesor de Ciencias Políticas— la posibilidad de predicción a partir de una análisis objetivo de la realidad se hace cuestionable. Toda explicación política por el contrario debe comprender que su “objeto”, que son los sujetos humanos corpóreos “enredados” en significaciones intersubjetivas (p. 39), tiene al menos tres propiedades: 1) los sentidos son para un sujeto en un campo(s); 2) estos son sentidos parcialmente constituidas por autodefiniciones interpretativas, y 3) pueden ellas ser re-expresadas o hechas explícitas por una ciencia política (claro, no la del modelo epistemológico). (p. 52)

2c. ¿Cómo establecen lo que establecen los AT?

Para Taylor hay tres características de los AT que requieren de explicación. En primer lugar presentan afirmaciones de indispensabilidad, es decir, se muestra cómo la condición de afirmación en la conclusión es indispensable para que la característica identificada al inicio sea posible como lo es. En Kant las categorías deducidas son indispensables para la coherencia de una experiencia que pretende conocer el mundo objetivo. En Taylor el sentido del sujeto como agente corpóreo con una orientación arriba-abajo es indispensable para comprender qué es ser un agente de percepción corporal. O en otras palabras, es indispensable que la experiencia sea como lo revela el AT para que la experiencia pueda del todo ser, en efecto, como es.

En segundo lugar las afirmaciones de indispensabilidad son de carácter a priori. Ninguna experiencia empírica me da la categoría de la unidad; ninguna experiencia perceptiva me da el campo de orientación de un arriba-abajo. Para Taylor por ende pretenden los AT no ser sencillamente probables sino apodícticos; incluso indica él que se toman como puntos de partida auto-evidentes. En Kant “simplemente vemos que la experiencia debe ser de algo para que sea experiencia, o que el yo pienso debe acompañar todas mis representaciones” (p. 28). En Ponty no es posible un ser humano que no sea un agente viviente que es en el mundo como ser encarnado. Los AT por lo tanto pueden considerarse como afirmaciones de indispensabilidad de carácter apodíctico. En tercer lugar estas afirmaciones son de la experiencia; la vivencia experiencial es la que les provee su anclaje más profundo. La categoría de la causalidad me permite organizar el mundo; el campo de arriba-abajo me permite orientar mi acción. Por ello los AT son cadenas de afirmaciones de indispensabilidad apodíctica que conciernen a la experiencia; en esa medida su anclaje es incuestionable. Exagerando; ningún escéptico saltaría desde un piso 23 para “probar” su escepticismo.

Pero dado este anclaje tan sobreseguro Taylor se pregunta, si son auto evidentes ¿por qué demostrarlos? Siguiendo su defensa del valor de la articulación en los seres humanos, Taylor recalca que los AT precisamente proveen un insight sobre nuestra propia actividad. Este insight nos señala que nuestra actividad humana tiene un punto, que la actividad humana está constituida de ciertas maneras y no de otras. Vuelve Taylor al ejemplo el ajedrez; jugar ajedrez es reconocer las reglas del juego; la reina no se puede mover en “L”. ¿Por qué? Porque no. En inglés al verbo “advise”, en uno de sus usos le sigue un “objeto” y un “infinitivo”: “I advise you to go to a psychiatrist”. ¿Por qué? Porque sí. Y es así independientemente de que los alumnos quieran, como en español, decir algo como “I advise that you go” (spanglish para “Yo le aconsejo que usted vaya”).[viii] Estas reglas son constitutivas; su uso correcto demuestra la comprensión del juego de mesa o del juego lingüístico. Aludiendo al ajedrez cabe recordar el pasaje en que el hermano de Meimei —-niña genio del ajedrez—- responde a las preguntas de su inquieta y aún muy niña hermana:

–“¿Por qué?” Pregunté mientras movía el peón. ¿Por qué no pueden moverse más pasos?”

–“Porque son peones,” me dijo.

–“¿Pero por qué se cruzan para capturar otro hombre? ¿Por qué no hay mujeres y niños? (nota: muy interesante pregunta)

–“Por qué es el cielo azul?¿Por qué tienes que hacer preguntas tan estúpidas? Preguntó Vincent. Este es un juego. Estas son las reglas. Yo no las hice. Mira. Aquí. En el libro”[ix]

Meimei es bastante filosófica, es decir cansona con su preguntar.

Ahora bien, dejando de lado el problema de qué quiere decir que un computador azul “juegue” ajedrez y le “gane” a Karpov (¿con quién fue a festejar el computador?), lo cierto es que Taylor señala que es extraño pensar en dudar del jugar ajedrez jugando. Claro, un escéptico radical puede preguntar, ¿qué le asegura que de verdad está jugando y no es un sueño? Para Taylor los AT no están dirigidos a este tipo de escépticos. Como lo pone Taylor: “es difícil ver cómo uno podría darle sentido a la duda de que sabemos jugar ajedrez y estamos jugándolo ahora.” (p. 29) La conciencia de las reglas de ajedrez es en un sentido importante indudable. Tan indudable es que desde otro campo del saber, la literatura –que abre la corporeidad tal vez mejor que toda filosofía—- encontramos el siguiente cuento titulado La sombra de las jugadas: “En uno de los cuentos que integran la serie de los Mabinogion, dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchan y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e, inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro. Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia: Tu ejército huye, has perdido el reino.”[x] La práctica que es el ajedrez parece ir mucho más allá que sus reglas constitutivas; aun cuando sin ellas no podría ser.

Pero dejando esto de lado, hay una similitud entre la regla de la reina como constitutiva y la percepción como siendo esencialmente la de una agente corpóreo; ambas son, nos dice Taylor, articulaciones de nuestro insight respecto al punto de nuestra actividad. En términos de orientación espacial da sentido a la actividad de estar conciente (aware) del mundo, de comprender (grasp) la realidad en que somos y actuamos. Es esta primacía de la normalidad la que permite que reconozcamos rupturas como rupturas: “mi conciencia (awareness) se fragmenta en una confusión tal que no constituye una conciencia en un sentido apropiado.“ (p. 30)

Pero son diferentes estos dos casos ya que la regla de la reina ya está formulada (aunque es raro aprender ajedrez con alguien leyendo la regla; más bien nos muestran). En cambio en el caso de la percepción no hay una especie de manual de articulación, así los genetistas estén intentando crear un manual de lo que somos. Articular lo que puede ser la percepción nunca será el percibir; pero articular la regla de la reina es precisamente lo que es ser reina en ajedrez. Los AT no permiten señalar cuáles son las condiciones de falla dada una formulación definitiva aceptada; como sí lo podemos hacer con el manual de ajedrez. Movió la reina en “L”; error. Pero los AT referidos a la percepción al menos permiten reconocer las condiciones de una percepción característica del agente corpóreo. Como lo pone Taylor: “Es decir, si no pudiese reconocer que cuando todo se fragmentara en confusión, el awareness había fallado, entonces no podrías considerarme como aware en primer lugar. No somos aware del todo a menos de que reconozcamos esta diferencia.” (p. 30-31) Una experiencia sin awareness alguno no es experiencia humana. Para que haya rupturas debe haber previo un saber de qué involucra estar aware.[xi] Incluso para Taylor resulta extraño preguntar “¿am I aware?” No puedo dudar de se si estoy aware y en este sentido los AT “articulan afirmaciones de indispensabilidad referidas a la experiencia como tal”.

Los AT son articulaciones argumentativas que el debate filosófico explicita para mejor comprender las condiciones límite y exitosas de nuestra actividad humana. (pg 31) Su movimiento, como Taylor ya ha señalado en SIA, comienza con una caracterización embrionaria que es tan sólo esbozada (sketchy). Partiendo de esta experiencia vivida se señalan los elementos para que dicha experiencia tenga cierta coherencia. Finalmente se concluye que la coherencia se debe a la “aplicación” de ciertas categorías, como en Kant, o a modos de organización espacial de la percepción, como en Taylor. El primer punto es fácil de comprender –todos percibimos; esto es autoevidente. Para Taylor la conclusión logra en su articulación argumentativa “llenar” de contenido esta primera intuición. (“the former simply spells out what the latter adumbrated” (pg 32))

Y sin embargo señala Taylor que los AT aún siendo APODÍCTICOS, están ellos abiertos a nuevas articulaciones. En parte porque no podemos saber, a diferencia de la regla de la reina, si hemos formulado las cosas adecuadamente. Sin duda Taylor cree, como lo señalamos al inicio, que la postura kantiana esta “infectada”. Keith cree que la de Taylor frente a Hegel está a su vez “infectada”. La noción de corporeidad de Foucault vería tanto a Taylor como a Keith como un poco “infectados.” Desde una perspectiva ecologista tal vez el punto de partida no pueda ser el de la corporeidad antropocéntrica. Pero, según Taylor, además “vemos” a través de la percepción corpórea en vez de a ella. Es un poco pedirle a un miope que se quite las gafas las ponga lejos y nos las describa. Nos diría: “préstamelos para ver bien”. O en otras palabras, los AT articulan el punto de una actividad que no podemos sino tener, pero en tanto articulaciones están abiertos a debate interminable. Como concluye Taylor “un TA válido es indudable; pero es difícil saber cuándo se tiene uno, al menos uno con una conclusión interesante. Pero esto parece ser cierto de la mayoría de los argumentos en filosofía.” (33)

3) Una pregunta pictórica[xii]

¿Qué percibimos en la siguiente imagen metamórfica de Escher?



[i] Claro, Taylor provee una lectura de “aristotélica” de Kant en su artículo “Kant’s theory of freedom”.

[ii] En “Taylor on phenomenological method: A Hegelian refutation” , sacado de la interesante revista electrónica Animus. Párrafo *42 (www.animus.com)

[iii] Chisholm, Roderick, Argumentos Transcendentales, (comp. Cabrera, Isabel), UNAM , México, 1999.

[iv] En su artículo “Interpretation and the Sciences of Man” Taylor provee una muy buena discusión de lo que es para él insight . (pg 53-54). No en vano termina dicho artículo con una alusión a la Ética Nicomáquea de Aristóteles.

[v] Pero la crítica por su propia naturaleza no acaba, su proyecto es fundamentalmente un proyecto sin fin. Por ello cabe referirse brevemente a las criticas presentes en la obras de Husserl y Heidegger. Para Husserl, en particular en algunos apartados de su obra madura Crisis de las Ciencias Europeas y la Fenomenología Trascendental, encontramos múltiples cuestionamientos acerca de las presuposiciones kantianas. Entre ellos cabe resaltar la incapacidad de Kant para radicalizar su propia perspectiva y así cuestionar los fundamentos de su pensamiento. La fenomenología husserliana —que conoce ya de los descarrilamientos de la tecnología y de la política liberal en el siglo XX— logra comprender que antes que la subjetividad trascendental científica encontramos la subjetividad precientífica cotidiana. Se revelan así las bases de la razón instrumental y su intento por monopolizar todo el campo de la razón y del ser. Para Husserl “lo realmente primero es la intuición meramente subjetiva-relativa de la vida mundana precientífica.” (128 CCEFT). La aparente universalidad del proyecto kantiano comienza a revelarse como un proyecto culturalmente remitido a la historia de Occidente. Pero a su vez ésta radicalización de la cuestión trascendental en Kant, encuentra a su vez una revolucionaria crítica en la importante obra de Heidegger. En primer lugar, en su Kant y el problema de la Metafísica argumenta él, planteando ideas de Ser y Tiempo, que la CRPu es el primer intento serio sobre la posibilidad interna de la ontología y no simplemente un investigar epistemológico. Pero es en Ser y Tiempo en donde la cuestión trascendental da paso a la reformulación del ser humano en cuanto Dasein, ser cuya característica ontológica principal es la de ser-en-el-mundo. El proyecto trascendental inmerso dentro de la dicotomía epistemológica sujeto-objeto da paso a una novedosa postura ontológica sobre la pregunta del ser que revela las peligrosas presuposiciones de la matematización de la naturaleza.

[vi] Taylor, SotS pg 48.

[viii] Un ejemplo similar se da al final del artículo de Taylor sobre Foucault.

[ix] Tan, Amy, “Rules of the Game” pg 7; en World Writers today. ScottForesman, Glenview, 1995

[x] Edwin Morgan en Antología de la literatura fantástica (comp. Borges, Jorge Luis, Bioy Casares, Adolfo, ; Sudamericana, Buenos Aires, 1994.) Otro ejemplo de la relación entre el ajedrez y la práctica vital es:

LIFE AND CHESS (Thomas Huxley)

“The chess board is the world, the pieces are the phenomena of the universe, the rules of the game are what we call the laws of nature. The player on the other side is hidden from us. We know that his play is always fair, just, and patient. But also we know, to our cost, that he never overlooks a mistake, or makes the smallest allowance for ignorance.”

Otro ejemplo sería el artículo de Poe “Maelzel’s Chess-player”.

[xi] Por eso es importante recuperar en el ámbito ético la noción de crisis de identidad que aparece en SotS. Punto al cual se aludió en el anterior ensayo.

[xii] Otras preguntas podrían ser:

1. ¿Cómo se relacionan los AT con la identidad, el bien y las evaluaciones fuertes? ¿Abren los AT la ética? ¿Cómo se relacionan con el ámbito político?

2. ¿Como comprender la critica de Rorty de que Taylor funciona muy kantianamente dentro de la tradición de un “en sí” en la realidad? Ver su ensayo “Taylor on truth”

3. ¿Cómo se entenderían los AT desde una perspectiva foucaultiana-nietzscheana?

4. ¿Qué es lo crucial del ajedrez? El que sea juego constituido por ciertas reglas? O principalmente que se comprende como una practica en que la reina es mucho más que una simple reina. Por ejemplo en el “Hombre que calculaba” se habla del poder de la reina:

—–“¿Y por qué la reina es más fuerte y poderosa que el mismo rey?:

—- Es más poderosa … porque la reina representa , en el juego, el patriotismo del pueblo. El poder mayor con que cuenta el rey reside, precisamente , en la exaltación cívica de sus súbditos” Capítulo XVI pg 104-105. Algo que le vendría bien , exagerando, al cívico humanismo de Taylor.

5. ¿Qué puede querer decir un AT para los indígenas paeces en donde precisamente la idea de cómo se relaciona mi cuerpo con el mundo parece carecer de todo sentido e incluso arrancar de un error, para usar palabras nuestras epistémicas? Es decir, si es de nuestra tradición occidental la división “interno” /”externo” , y si esta división conlleva como lo señala Taylor una instrumentalización de la naturaleza, ¿cómo entonces generar las condiciones de diálogo con otras culturas en las que dicha separación no sólo no ha ocurrido, sino que antes bien dicha separación ha destruido el ámbito propio en donde otros tipos de agencia se hace posibles? Por ejemplo en “Cuerpo Cosmos en los Rituales Paez” (Hugo Portela, pg 41) se revela la relación existente en esta cultura entre lenguaje, noción de agencia y cosmos. Como señala Portela “el cuerpo humano para los Paez es un territorio compuesto por agua. Piedra, cumbres cerros, huecadas, raíces., tallos cogollos, hijas etc,… existe una relación topológica cuerpo humano geografía”. Tan es así que los lexemas entrelazan lo corporal con lo natural. Lenguaje, ecosistema y cuerpo son indiferenciables. Palabra, orden cósmico y agente activo permanecen íntimamente ligados. Tan es así que para un paez decir “Yo soy árbol” es como decir “yo soy indio” (pg. 46). ¿Podríamos entablar un diálogo referido a los AT que sea intercultural?

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RECONSTRUCCIÓN

 

DE LA ESPACIALIDAD DENTRO DE LA ARQUITECTURA GENERAL

 

DE SER Y TIEMPO

 

La nueva Ford Explorer 2002 nos invita a una aventura que desconoce de fronteras. ¿Cuáles son las características de esta topología originada en la revolución del Fordismo? ¿Cuáles son las coordenadas de esta invitación a descubrir nuevos espacios? En la propaganda correspondiente se nos responde: “Nadie las conoce. Lo que es cierto es que en la mente de cada quien existen lugares que no aparecen en ningún mapa, lugares espectaculares reservados sólo para quienes son capaces de liberar su espíritu aventurero.”(mi énfasis) [1].

En pleno siglo XXI se nos hace saber que el territorio Marlboro no necesita más de lentos caballos. Y sin embargo preocupados nos preguntamos a manera de contraste: ¿acaso es sólo posible apropiar la espacialidad por medio de la propiedad?¿Qué implica otro tipo de aventura espacial, a saber, la aventura por parajes a las que nos invita Heidegger?¿Qué otro tipo de topografías pueden mostrarse al leer las secciones *19 a *27 de Ser y Tiempo?

La compresión del conjunto espacio-temporal es para nosotros, herederos de la revolución computacional, una realidad cotidiana. Contactamos instantáneamente al otro por celulares, celulares que a su vez pagamos por medio de transacciones electrónicas de dinero plástico (con el cual también podemos acumular millas viajeros) en cajeros automáticos o vía transacciones electrónicas por Internet. Dentro del ciberespacio nos movemos no sólo comprando a través del e-commerce sino que nos contactamos por medio de populares programas tales como ICQ que conforman el software de nuestros cada vez más pequeños y más livianos computadores. Ya no nos resulta sorprendente que la final de la Copa América, que se realizó a veinte cuadras de mi casa, sea vista por millones de personas que no sólo no conocen Bogotá, sino que muy probablemente jamás la conocerán. Así como la Ford Explorer traspasa las fronteras existentes, de manera similar vemos como las fronteras estatales parecen ceder ante la presión de la globalización del planeta.[2] Como lo pone Harvey en The Postmodern Condition:

As space appears to shrink to a ‘global village’ of telecommunications and a ‘spaceship earth’ of economic and ecological interdependencies —to use just two familiar and everyday images —- and as time horizons shorten to the point where the present is all there is (the world of the schizophrenic), so we have to learn how to cope with an overwhelming sense of compression of our spatial and temporal worlds[3].

(A medida que el espacio se reduce al de una ‘ciudad global’ de telecomunicaciones y al de una ‘nave tierra’ de interdependencias económicas y ecológicas –para usar sólo dos imágenes familiares y cotidianas —y a medida que los horizontes temporales se acortan hasta el punto que el presente es lo único que hay (el mundo del esquizofrénico), entonces debemos aprender a manejar un sentido aturdidor de compresión de nuestros mundos espaciales y temporales).

Y lo interesante radica en que ya en 1927 Heidegger reconoce como él mismo no puede ver con claridad los efectos de la aparición de la radio sobre nuestra relación con la espacialidad. Para Heidegger la aparición de la radio lleva a “una des-alejación del mundo, cuyo sentido para el Dasein no podemos apreciar aún en su integridad.”[4] Si bien Heidegger al escribir Ser y Tiempo no podía visualizar la revolución que estaba forjándose, sin duda dicha compresión acelerada debe comprenderse, en parte, en el surgimiento del método cartesiano.

La crítica fundamental a la visión cartesiana de la espacialidad por parte de Heidegger nos remite a algo que en principio parece un tema un poco alejado. Dicha crítica se funda sobre la diferencia entre cualidades primarias y secundarias, separación común entre los filósofos del siglo XVII. Esto nos lo señala Heidegger en la sección *19. Allí nos invita él a retomar los pasos del análisis que realiza Descartes a un objeto cotidiano, una vela común y corriente, a partir del revolucionario método de la duda radical. Este objeto, que está hecho de cera, al usarse se transforma radicalmente. La cera se consume, se desvanece. Como lo pone Descartes: “what remains of the taste evaporates; the odor vanishes; its color changes; its shape is lost; its size increases; it becomes liquid; it grows hot”[5]. (lo que queda del sabor se evapora; el olor se desvanece; su forma se pierde; su tamaño se incrementa; se vuelve líquida; se calienta).

Debemos por lo tanto dudar de la exactitud y verificabilidad que podamos derivar de nuestras percepciones como seres corpóreos pues los sentidos nos engañan. Los sentidos no revelan la naturaleza en su verdadero trasfondo. Sin embargo, mirando más de cerca lo ocurrido podemos comprender, luego de un ejercicio de purgación sensorial, que de hecho algo sí permanece. En efecto de la cera sólo queda como permanente característica su extensión, como una cosa que ocupa un espacio físico dado. Dicho espacio ocupado, el de la res extensa, en efecto es potencialmente medible en términos matemáticos. Pero en cambio creer que el color rojo de la vela está en la vela, eso si sería, según Descartes, un error fundamental. Los colores, que son propiedades secundarias, no se dan en los objetos. El color es simplemente una variación de las cualidades primarias de las cosas. El color en sí es una modificación de propiedades físicas subyacentes.[6]

Lo que el método cartesiano nos ayuda a eliminar son precisamente estas distorsiones posibilitando así un acceso al ser de las cosas que las muestra como medibles, cuantificables y observables. Las cosas pueden ser objeto de análisis y experimentación. La razón es liberada de semejantes ataduras engañosas para abrir el camino progresivo de las ciencias naturales. Y no sólo son los objetos cosas extensas primariamente, igualmente yo en tanto ser racional debo obtener cierta distancia de mi propia corporeidad extensa y engañosa. Por ello encontramos que en Descartes la relación entre mente y cuerpo debe ser radicalmente dualista. Primero pienso, luego si existo. Surge una posición bien resumida por Charles Taylor:

Disengangement can be seen as getting free of the perspective of embodied experience, It is this perspective which is responsible for our attributing the color to the object; it is this which makes us give disproportionate importance to the senses and imagination in our account of knowledge. That the thinking acivity of the mind is really in its essential character free from these distorting media shows that the mind is essentially non-bodily. So argues Descartes in the celebrated passage about the piece of wax which closes the Second Meditation[7].

(El desarraigo puede verse como un librarse de la perspectiva de una experiencia corpórea. Es esta perspectiva la que es responsable de atribuir el color al objeto; es esto lo que nos hace darle una importancia desproporcionada a los sentidos y a la imaginación en nuestra concepción del conocimiento. Que la actividad pensante de la mente está realmente en su liberarse de estos medios distorcionantes, muestra que la mente es esencialmente no-corpórea. Así lo argumenta Descartes en el célebre pasaje del pedazo de cera que culmina la Segunda Meditación).

La perspectiva desarraigada (disengaged), es decir que se “libera” de la corporeidad, permite la certeza del cogito cartesiano que se enfrenta a la naturaleza en búsqueda de una comprensión mecanicista incluso de nuestras propias funciones vitales.[8] Un contemporánea de Descartes, pero que no comparte el dualismo del primero, lo expresa de manera concisa. Hobbes en el Capítulo V de su Leviatán, capítulo en el que se nos revelan las características fundamentales de la nueva racionalidad nos dice: “Reason is the pace; Encrease of Science the Way; and the Benefit of Man-kind the End.”[9] (La Razón es el paso; El Incremento de Ciencia el Camino; y el Beneficio de la Humanidad el Fin).

Pero nos preguntamos, ¿acaso nos pide Heidegger desconocer éstos avances científicos retornando a una inocencia no-tecnológica? Sin duda que no. Su crítica fundamental va, como la de Husserl, dirigida a la monopolización de los ámbitos de la razón por una sola, a saber, la razón instrumental que en su desarrollo debe controlar el espacio para poder emancipar la naturaleza a su posible uso. El que Heidegger no simplemente desee borrar el avance de la ciencia nos lo ha dicho ya en la “Introducción”. Recordamos como allí Heidegger nos decía: “el preguntar ontológico es ciertamente más originario que el preguntar óntico de las ciencias positivas”[10]. Y paralelamente enfatizaba como la madurez de una ciencia se da, anticipando a Kuhn, en su capacidad para sobrellevar una crisis en sus conceptos[11].

Ahora bien, el que las cosas se presenten como extensas en términos del recorrido ya realizado en nuestra lectura de Ser y Tiempo equivale a ver el ser de las cosas como meramente ‘ante los ojos’ (Vorhandenheit). Pero, recuperando las ganancias ontológicas de las secciones anteriores sabemos cómo en la cotidianeidad las cosas no se nos dan primariamente como cosas extensas sino como aquello que usamos en nuestras prácticas diarias. Y precisamente es difícil recuperar esta concepción del ser de las cosas como lo ‘a la mano’ por la primacía de aquella perspectiva que las concibe como objetos allá afuera cuya característica principal es la de su ser extensos. La deconstrucción heideggeriana parte de la siguiente realización, “con lo dicho se han evidenciado los fundamentos ontológicos de la determinación del mundo como res extensa: esa determinación se basa en la idea de substancialidad, no sólo no aclarada en su sentido de ser, sino tenida por inaclarable[12] (mi énfasis).

Pero, nos preguntamos ¿qué, más específicamente, tiene todo lo anterior que ver con la noción de espacialidad con la que iniciamos este ensayo? Precisamente que la posición denominada disengaged (desarraigada) concibe el espacio de manera tal que pueda controlarse y dominarse a partir de la acción humana. No en vano casi de manera contemporánea a Descartes se da el desarrollo de mapas matemáticos por medio de los cuales se logra “concebir el espacio como abstracto, homogéneo y universal en sus cualidades, un marco de pensamiento y acción que era estable y conocible. La geometría euclidiana proveyó el lenguaje de discurso básico” [13] Por ello mismo encontramos en Descartes, específicamente en la Segunda Parte del Discurso del Método, las implicaciones prácticas arquitectónicas de su metodología racionalista. Haciendo alusión a uno de los saberes que se mueven dentro de la conceptualización y manejo práctico del espacio, a saber a la arquitectura, Descartes nos dice:

Se ve así que las construcciones iniciadas y acabadas por un sólo arquitecto suelen ser más bellas y mejor ordenadas, que aquellas que han intentado reparar utilizando viejos muros que habían sido construidos con otros fines. Como esas ciudades antiguas que no fueron en un comienzo más que aldeas y llegaron a ser con el paso del tiempo grandes ciudades; son de ordinario tan mal acompasadas (Nota; mal trazadas con compás), en comparación a aquellas plazas regulares que un ingeniero traza en una llanura según su fantasía …….. Se diría que han sido más la fortuna la que los ha dispuesto así y no la voluntad de algunos hombres que usan la razón[14] (mi énfasis).

No lejos de este objetivo que racionaliza el espacio encontramos el plan arquitectónico de Le Corbusier para Paris. La rigidez, repetición y funcionalidad se abren ante nuestros ojos en el siguiente modelo, al cual retornaremos más adelante:

Ahora bien, es en Heidegger en donde encontramos el comienzo de una reconceptualización de lo que hemos de considerar como espacialidad en tanto existenciario ontológico de los seres humanos. La espacialidad es de Dasein en su cotidiano andar en el mundo. Ser espacial y ser-en-el-mundo van de la mano en el ser para quien la pregunta por el sentido del ser surge; ese Dasein que en cada caso somos nosotros mismos.

Vimos ya en el anterior ensayo como lo ‘a la mano’ es principalmente en el carácter de su cercanía, la cercanía de su uso práctico cotidiano. Por ello nos decía Heidegger que hablando ontológicamente dos cosas no se tocan por más cerca que ellas se encuentren[15]. Esto es así porque sólo es de Dasein el tocar. Dasein toca pero no lo hace a través de un espacio geométrico que le es externo en la forma de unas coordenadas como la ‘x’ y la ‘y’. Dasein no cabe en un sitio como el agua en el vaso.[16] Pero si esto es así, ¿cómo hemos de concebir la espacialidad de Dasein?

Heidegger nos pide que recordemos lo dicho en cuanto a los útiles. Todo útil (Zeug) tiene un sitio (Platz). Pero este sitio no lo concebimos principalmente en términos físicos, es decir que —-utilizando el vocabulario ya ganado en nuestra lectura—– el útil no es primariamente algo “ante los ojos”. El útil lo usamos, y en su uso su entorno sale a relucir pues todo útil ocupa un lugar dentro de una red (un entramado) que no salta a la vista en lo cotidiano. Raro sería colocar la licuadora en la sala para invitados. Más raro aún hacer que los invitados nos hagan visita parados frente a la estufa o la nevera. Pero, ¿si no es el sitio físico del cual habla Heidegger –es decir, la licuadora allí a treinta centímetros de la nevera—- entonces que tipo de espacio puede ser éste?

Podemos, creo yo, comenzar a comprender esta noción de espacialidad si nos remitimos de nuevo a nuestro lenguaje cotidiano. Es así como en español muchas veces decimos a alguien querido: “tienes un sitio especial en mi corazón”. ¿Hemos acaso de concebir aquí tu posición en mi pero anatómicamente? Sin duda que no. Más bien la anterior frase cotidiana nos invita a considerar y a tratar de comprender que cada cosa esta situada a la manera de ser como útil para un Dasein que en su práctica cotidiana se mueve por los sitios ocupados por útiles a su disposición. Y en la cotidianeidad es tan así que cuando algo no está en su sitio nosotros, Dasein, tendemos al desespero. Quien no ha escuchado a algún Dasein estresado preguntar: “¿dónde está mi control remoto?¡No está en su sitio!” Y sin embargo exclamamos al que se desespera ante el movimiento inoportuno de sitios, “¡claro, como si al preguntársele por el sitio del control remoto en efecto lo pudiese señalar!”

Pero si todo útil tiene un sitio, es evidente que un conjunto de útiles no es sencillamente una sumatoria de sitios separados entre sí. Por ello nos dice Heidegger que los sitios son múltiples y un conjunto de ellos conforma lo que él denomina como Paraje (Gegend). Por ello Heidegger resume lo dicho en referencia a los útiles con las siguientes palabras:

Esta orientación zonal de la multiplicidad de lugares propios de lo a la mano constituye lo circundante, el en-torno-a-nosotros del ente que comparece inmediatamente en el mundo circundate. Lo inmediatamente dado no es jamás una multiplicidad tridimensional de lugares posible, ocuparse por cosas que están ahí”. [17]

Pero además, entre los múltiples parajes en los que en nuestro diario acontecer nos movemos encontramos, no tematizados, los siguientes posibles espacios radicalmente diferenciables entre sí: el espacio de la iglesia (o el de la mezquita, o el de la sinagoga), el espacio de mi cuarto, el espacio de este seminario, el espacio de la discoteca, el espacio de un parque con andenes amplios, el espacio del senado, el espacio de la ciclovía, el espacio del consultorio, el espacio de cada habitación en nuestras casas, el espacio del cementerio, el espacio del cuartel, el espacio del manicomio, el sin-espacio de la prisión, el espacio del burdel. Son éstos múltiples espacios dentro de los que Dasein anda de manera radicalmente diferente. Por esto mismo más allá del comienzo del análisis a partir de los útiles hay ámbitos que habitamos, como los ya enumerados anteriormente, que primariamente no son a la manera de la utilidad de lo ‘a la mano’. Sorpresivamente Heidegger nos provee con el siguiente hermoso ejemplo:

Las Iglesias y las tumbas, por ejemplo, están situadas de acuerdo con la salida y la puesta del sol, zonas de la vida y de la muerte, desde las cuales el Dasein mismo está determinado desde el punto de vista de sus más propias posibilidades-de-ser-en-el-mundo[18].

Las posibilidades de Dasein están referidas de manera crucial a su modo de habitar el espacio en que anda. Y a diferencia de los ingenieros cartesianos que podrían construir de la nada, nuestro andar siempre estando dentro de parajes nos antecede. No sólo es que la iglesia de mi barrio estaba ahí antes de que naciera yo, es que en la iglesia que todavía perdurará aun cuando ya no esté aquí, se es de una manera particular, se es dentro del espacio de lo sagrado.

Y ¿por qué nos es tan difícil comprender esta deconstrucción heideggeriana? Primero por la deconstrucción requerida de la concepción cartesiana de la espacialidad que no es tan obvia y familiar. Pero además, porque nosotros andamos metidos de lleno en estos parajes cotidianos. Nosotros no los tematizamos, no nos son notorios en nuestro diario quehacer. ¿Acaso en la discoteca nos preocupamos, a menos de que seamos arquitectos o lectores de Heidegger, por los arreglos espaciales del lugar? Si lo hiciéramos sin duda nuestra pareja desearía estar precisamente en otro sitio, con otro Dasein.

Creo yo que un camino más que nos podría ayudar a comprender esta noción de espacialidad a la cual hace referencia Heidegger la encontramos recordando aquellos lugares que habitamos alguna vez y que ya no lo hacemos más: las casas de nuestra infancia, los parques donde jugábamos, y si contamos con suerte, las fincas que recorríamos. Si recordamos estos sitios lo que precisamente no reconocemos como su carácter espacial son las medidas entre sus objetos constituyentes. Un buen ejemplo de lo que implica este tipo de espacialidad, y los peligros de concebir la espacialidad de una manera más auténtica nos la entrega Albert Camus en su hermoso Return to Tipasa :

Yet I persisted without very well knowing what I was waiting for, unless perhaps the moment to go back to Tipasa. To be sure, it is sheer madness, almost always punished to return to the sites of one’s youth, to relive a forty what one loved or keenly enjoyed at twenty . But I was forewarned of that madness … I hoped, I think, to recapture there a freedom I could not forget[19]

(Sin embargo persistía sin saber bien aquello por lo que yo estaba esperando, a menos de pronto por el momento de regresar a Tipasa. De seguro, es una verdadera locura, casi siempre castigada, el retornar a los sitios de nuestra juventud, revivir a los cuarenta lo que uno amó o disfrutó agudamente a los veinte. Me advirtieron de esta locura …. Yo esperaba, creo yo, recapturar una libertad que no podía olvidar)

Al hacer este ejercicio mental, y sobretodo al hacer el ejercicio práctico de regresar a tales lugares, podemos comprender tal vez mejor las características esenciales de la espacialidad del ser ahí. En dicho análisis encontramos dos existenciarios específicos.[20] Por un lado encontramos el des-alejar (ent-fernung) , por otro la orientación (ausrichtung). ¿Qué nos indican estos dos existenciarios? ¿Cuál es la posible relación existente entre los dos?

El des-alejar para Heidegger no se da en un sentido del eliminar distancia físicas, de devorar los kilómetros con nuestra Ford Explorer modelo 2002. Más bien nos enseña Heidegger:

Desalejar quiere decir hacer desaparecer la lejanía(Ferne), es decir,el estar lejos de algo; significa, por consiguiente, acercamiento. El Dasein es esencialmente des-alejador; por ser el ente que es, hace que el ente comparezca viniendo a la cercanía. (…) Dos puntos, y en general, dos cosas no están propiamente alejados el uno del otro[21] (mi énfasis).

Los átomos chocan, no se des-alejan. Los átomos que chocan sobre Nagasaki, quitan a la ciudad su espacio geométrico, pero por eso mismo para nosotros Nagasaki ha sido des-alejada para siempre de manera aterradora. O para utilizar un ejemplo heideggeriano menos perturbador. Las gafas, siendo geométricamente lo más cercano, son realmente lo más lejano pues su espacialidad no salta “a la vista”. Y tampoco el andén sobre el cual camino en la nueva espacialidad de la Avenida Quince es realmente lo más cercano en términos del des-alejar. Más cercana es la linda chica o chico que cruza por el otro andén, que el andén aquí debajo mío y que piso a cada paso. En español cuando decimos que nos vamos a callejear, no es precisamente a maravillarnos con las calles que estrenan pavimento. Callejear es caminar con Daseins amigos los parajes que se muestran más allá del entrecruzarse de las calles mismas.

Al comenzar este recorrido enfatizábamos cómo en 1927 Heidegger se preguntaba por el surgimiento de la radio “cuyo sentido para el Dasein no podemos apreciar aún en su integridad”[22]. ¿No sabemos nosotros mejor que el propio Heidegger de los peligros inherentes a este des-alejar? Nuestro des-alejamiento geométrico en términos de una radical compresión espacial ha modificado nuestras vidas de manera total. Pero si bien nuestro espacio incluye ya espacios denominados “ciberespaciales”,[23] (espacios que para los limitados físicos pueden incluso reabrir el mundo) ¿acaso no simplemente hemos nosotros des-alejado lo remoto sobretodo en términos de distancia? Des-alejamos animales, des-alejamos guerras en la televisión, des-alejamos hasta los más diversos platos culinarios. En un mismo centro comercial podemos encontrar un espacio ecléctico que nos invita a degustar la más grande diversidad de platos cuyo origen se encuentra a miles de kilómetros. Podemos escoger entre platos argentinos, colombianos, árabes, gringos, chinos, mejicanos. [24] Des-alejamos, es cierto pero lo hacemos, tal vez, un poco a la manera que nosotros también desalejamos a La Pantera de Rilke:

“His tired gaze -from passing endless bars-

has turned into a vacant stare which nothing holds.

To him there seem to be a thousand bars,

and out beyond these bars exists no world.”

(Su mirada cansada —de pasar barrotes interminables—

se ha tornado en una mirada fija vacía que no contiene nada.

Para él parece haber miles de barrotes,

Y allá fuera de estos barrotes no existe mundo)

Pero dejando de lado por ahora las implicaciones de dicho des-alejar y las raíces en el movimiento inaugurado por Descartes, podemos continuar nuestra investigación topológica al mirar más de cerca el otro existenciario característico de la espacialidad humana, a saber, el orientar. La orientación —que Gaos traduce por dirección—— nos enseña que la espacialidad no sólo es un des-alejar viendo en torno, sino que este desalejar tiene un arreglo de orientación. Es del Dasein, por ejemplo, tener un izquierdo y un derecho al cual se refieren útiles como los guantes que usamos: “La orientación hacia la derecha o izquierda se funda en la esencial direccionalidad del Dasein en general, y ésta por su parte, está esencialmente codeterminada por el estar-en-el-mundo”[25].

Para Heidegger nuestro estar situados es un estar existencialmente como seres corpóreos. Ónticamente somos en la manera de ser en cuerpos. Incluso nuestra percepción —a diferencia de la perspectiva cartesiana desarraigada (disengaged)—- es la de un agente corpóreo involucrado en el mundo. Tenemos una estructura corpórea previa que de entrada nos orienta de ciertas maneras y no de otras. Al pensar por ejemplo en el arriba y en el abajo característicos de nuestro andar, no nos referimos simplemente a lo que está por encima de mi cabeza o debajo de los pies. Podría estar acostado y no por ello sería “arriba” lo que esta en dirección de mi cabeza. Tampoco es el orientarse simplemente el referirnos a unos objetos externos tales como el cielo o la tierra. Más bien, como lo pone Charles Taylor:

…. up-down directionality is the line of possible upright stance and action; that is, it is a perception of the field as a locus of our activity.

Thus although we may grasp this orientation from cues —-lay of land, ground, sky—what we preceive is not the lay of the land or the sky. We grasp a directionality of the field which is, however, essentially related to how we act and stand[26].

(La direccionalidad arriba-abajo es la línea de posible estado erguido y de posible acción; es decir, es una percepción del campo como centro de nuestra actividad …….. Por ello aunque podemos comprender esta orientación a partir de claves —- la disposición del terreno, suelo, cielo— lo que percibimos no es la disposición del terreno o el cielo. Comprendemos una direccionalidad del campo que es, sin embargo, esencialmente relacionada a cómo actuamos y nos paramos)

Y tan es así que podemos tomar el siguiente ejemplo, cotidiano para nosotros al andar en carro por Bogotá. En nuestra práctica cotidiana del conducir por las calles al orientar al que conduce para llegar a un sitio, por ejemplo a una fiesta en nuestra ciudad —-que nos han enseñado está mucho más cerca de las estrellas que otras—- decimos: “Sube por la siguiente. Y luego baja por la otra”. Tan nos es familiar dar direcciones de esta manera que no vemos cómo en muchos casos hacemos uso de la presencia de las montañas orientales para situarnos. El orientar bogotano hacia el oriente no es aplicable a ciudades norteamericanas en las que decir “go down” o “go up” es exactamente equivalente en términos de direccionalidad.

Y recuperando estos dos elementos constitutivos, el del des-alejar y el del orientar, sale a relucir que “el espacio no está en el sujeto ni el mundo está en el espacio.”[27]. Por el contrario Dasein es precisamente un ser de apertura que da espacio a lo que es. Dar espacio, nos dice Heidegger, es dar libertad a lo que se da. Es tan sólo de Dasein la posibilidad del abrir las cosas a su ser liberándolas. Y liberarlas a su espacialidad comienza por el reconocer que saberes como el de la geometría o el de la arquitectura —saberes que miden o manejan la espacialidad—– son saberes que parten del previo ser espacial de Dasein en cuanto ser-en-el-mundo. Pero repetimos, es evidente que Heidegger no rechaza el manejo del espacio realizado por estos saberes regionales. Señala él tan sólo que esta aproximación a la espacialidad, en particular la matemática, neutraliza los parajes en los que desarrollamos nuestra práctica cotidiana: “El descubrimiento circunspectivo y puramente contemplativo del espacio neutraliza las zonas circunmundanas convirtiéndolas en dimensiones puras”[28] .

¿Dónde encontramos nosotros estas neutralizaciones espaciales? Cada día lo hacemos. Lo hacemos al referirnos en nuestro andar, por ejemplo, a aquellos mapas que nos ayudan a movilizarnos de un punto a otro. Un mapa nos revela Certeau, “coloniza; elimina poco a poco las figuraciones pictóricas de la práctica que lo produjo.”[29] Las implicaciones de dicha colonización pueden ser comprendidas mejor al comparar un mapa del medioevo en donde todavía percibimos el acceso cotidiano al espacio referido a prácticas diarias:

Con el mapa de la bella ciudad de Montréal que queda reducida a un conjunto geométrico de líneas entrecruzadas liberadas del cotidiano ser espacial de Dasein en el mundo:

La creación de nuestros mapas se da históricamente y refleja el anhelo cartesiano de reducir la espacialidad a una abstracción que al ser tan sólo eso, una abstracción, se hace manejable y ordenable[30].

Pero no sólo los mapas, que nos llevan de un lado a otro, nos revelan la historicidad en la que se desenvuelven el des-alejar y el orientar que son propios de la espacialidad de Dasein. En nuestro diario existir nos movemos por entre, dormimos en, y soñamos con los parajes que son nuestras casas y nuestros edificios. Y si es cierto que el dar espacio es dar libertad a lo que es, y sólo es de Dasein el abrir las cosas a su ser liberándolas, entonces aquel saber que estudia el espacio que habitamos ha de tener una importantísima repercusión en nuestro modo de ser. La arquitectura es aquel saber que gira en torno al estudio del espacio que podemos habitar. Como lo señala nuestro famoso arquitecto Rogelio Salmona aludiendo a la historicidad propia de la espacialidad, historicidad que Heidegger revela en su crítica a la noción del espacio cartesiano:

“lo arquitectónico es la ruta que seguí para encontrar que la modernidad empieza en una nueva percepción del espacio. .. el que quiere instaurar otro sistema de figuración, de representación y de construcción del espacio, tiene que conocer su evolución, y en que momento se producen las rupturas” (mi énfasis) [31]

No en vano este debate por el espacio es uno de los temas centrales sobre los cuales gira la ruptura entre modernidad y postmodernidad. El conflicto se haya en una reconceptualización de lo que es la espacialidad de Dasein. Para los arquitectos modernos, por ejemplo de la década de los 50, el espacio debe ser concebido en términos de su función y de su aplicación social racionalizada. (No en vano dicha posición surge posterior a la Segunda Guerra Mundial) El espacio homogéneo es ordenado racionalmente para el beneficio de la humanidad. Recordemos lo dicho por Descartes sobre la ciudad de sus sueños y el plan de Le Corbusier para Paris. En cambio para los arquitectos postmodernos el espacio es concebible sólo como autónomo, diverso, e independiente. Espacios, en plural, que han de ser moldeados de acuerdo a principios estéticos que no llevan en sí un telos social como su base de realización.[32] Los sistemas de urbanización públicos de Baltimore con su aburridor carácter geométrico y repetitividad ejemplifican la postura aquí denominada moderna:

Sin duda estos edificios insípidos contrastan radicalmente con el nuevo Lloyds Building de Londres, que siendo un ejemplo de la arquitectura postmoderna, entre otras características, muestra en su fachada la tubería como ornamento del todo arquitectónico:

La postmodernidad —reconociendo de entrada la complejidad del debate en torno a este término casi indefinible—– se subleva contra este control cartesiano de la espacialidad. La espacialidad a la que nos invita el comercial de la Ford Explorer con el que comenzamos este ensayo no des-aleja, no orienta. Heidegger, ya desde Ser y Tiempo nos pide, aunque de manera muy incipiente, a reconsiderar los peligros inherentes a esta postura limitadora. Nos invita él en cambio, de manera indirecta, claro está, a considerar proyectos arquitectónicos como los de la famosa casa llamada Fallingwater de Wright en el que se respeta el entorno “dentro” del cual se construye y por ende en realidad libera el espacio gracias a la armonía que de se da entre los Daseins habitantes y su mundo circundante. Para Wright: “Organic buildings are of the strength and lightness of the spider’s spinning, buildings qualified by light, bred by native character to environment, married to the ground”[33]. (“Los edificios orgánicos son de la fortaleza y la ligereza del tejer de la araña, edificios cualificados por la luz, criados con un carácter nativo al ambiente, casados con el terreno.”) Dasein dando espacio ha de liberar su entorno casándose con sus terrenos recuperados luego de una lectura heideggeriana de la espacialidad. [34]


[1] Revista Motor, Agosto, 2001. No. 318, pg. 20-21.

[2] Claro, estas fronteras que en términos de mercados son franqueables, no cesan de existir cuando se trata del movimiento migratorio de los diversos Dasein por el mundo de los países desarrollados. La leyes de inmigración a nivel político reflejan como la globalización es sobretodo un proceso económico. Ver

[3] Harvey, David, The Postmodern Condition, pg. 240. El grafico No. 1 que aparece al final de este ensayo revela cómo gráficamente podemos señalar este proceso de compresión espacio temporal.

[4] Ser y Tiempo, *23, pg. 131. SuZ. P.105

[5] Descartes, Rene. Meditations, “Second Meditation”, Trans. Laurence J. Lafleur. , Bobbs Merril. Pgs. 81-91.

[6] Como lo pone Taylor en Philosophical Arguments “Lichtung or Lebensform” pg. 65: “Our “primary properties were really in” the objects “; secondary properties, such as color, were effects produced in the mind by concatenations of primary properties in things. Seeing things as really colored was one of those distorting effects of our peculiar constitution as a substantial union of soul and body. What comes to be called objectivity requires an escape from this.”

[7] Ibid. pg. 66

[8] Descarte, Rene. Discurso del Método, pg. 63ff.

[9] Hobbes, Thomas. Leviathan. Capitulo V, Pg. 116, Penguin Classics.

[10] Ser y Tiempo *3 pg.34; En inglés pg. 31 *3 “ontological inquiry is indeed more primordial, as over against the ontical inquiry of the positive sciences”

[11] ibid. *3. pg. 29

[12] ibid. *20, pg. 120.

[13] Harvey David. “…conceiving of space as abstract, homogenous, and universal in its qualities, a framework of thought and action which was stable and knowable. Euclidian geometry provided the basic language of discourse” Pg 254

[14] Descares, Rene. Discurso del Método, Segunda Parte pg. 25 (Editorial Norma).

[15] Ser y Tiempo, *26 pg. 135.

[16] Ver por ejemplo la última propaganda de Bell South, El Tiempo, Agosto 12, 2001. que efectivamente utiliza el mismo ejemplo de Heidegger de vasos llenos de agua. (la propaganda es muy grande para fotocopiar)

[17] Ser y Tiempo, *22, 128.

[18] Ser y tiempo, *22, pg. 129.

[19] Camus, Albert. The Myth of Sisyphus and other essays, “Return to Tipasa, pg. 196. Vintage Books, 1983.

[20] Ser y Tiempo, *23, 148.

[21] Ser y Tiempo, *23, 130. Interesente sería recuperando la anotación sobre los puntos recoger la valiosa reconsideración del punto por parte de Kandinsky en Punto y Línea sobre el plano Labor, 1988. Además Harvey ve en Kandinsky un transformación de la espacialidad en sus obras que refleja el impacto que tuvo sobre el pintor la Primera Guerra Mundial. Ver los Dibujos No. 2 y No. 3 al final de este ensayo.

[22] Ser y Tiempo *23, 131.

[23] Espacio que amerita una investigación profunda y del cual se dice que se está en todo lugar y en ninguna parte a la vez; sobretodo en términos de las implicaciones para la ley..

[24] Harvey, Davis. Pg. 300.

[25] Ser y Tiempo, *23, pg. 135.

[26] Taylor, Charles, “Trascendental Arguments”, pg 24. en Philosophical Arguments”

[27] Ser y Tiempo *24 pg. 136.

[28] Ser y tiempo *24, 137.

[29] Certeau, Michel de. The Practice of Everyday Life Capítulo IX “Spatial Stories”, pg 121.

[30] Harvey, David, pg. 249 “Maps stripped of all fantasy and religious belief, as well as any sign of the experiences involved in their production, had become abstract and strictly functional systems for the factual pondering of phenomena in space”. Ver también “To follow a Rule” de Charles Taylor, pg. 176. “A way is essentially something you go through in time. The map on the other hand, lays out everything simultaneously, and relates every point to every point without discrimination”

[31] Revista Diners, Marzo, 1998.

[32] Harvey, David. pg. 66. “Above all, postmodernists depart radically from modernist conceptions of how to regard space. Whereas the modernists see space as something to be shaped for social purposes and therefore always subservient to the construction of a special project, the postmodernists see space as something independent and autonomous, to be shaped according to the aesthetic aims and principles which have nothing necessarily to do with any overarching objective, save, perhaps, the achievement of timelessness and ‘disinterested’ beauty as an objective in itself”. Además surge la pregunta de si para nosotros el fenómeno de la espacialidad ha cobrado mayor importancia que el de la temporalidad. Ver por ejemplo David Harvey pg 201 y sobretodo la obra de Foucault que está llena de relaciones espaciales.

[33] O como lo pone Salmona, él esta interesado en la arquitectura que involucra el cuerpo entero.” (mi énfasis) (La Revista Diners, Marzo 1998). Otros ejemplos hermosos de esta posición son la “Catedral” de Brasilia de Niemeyer y del mismo arquitecto “El Museo de Niteroi” que se eleva como una flor, como un cartucho, sobre la bahía.

[34] A continuación colocaré los diagramas citados en las notas finales de este ensayo . En su orden son la No. 1, “Contraccion del mapa temporal en los últimos siglos”, (en Harvey David pg 241); No. 2, “Pintura de Kandinsky Jugement Dernier de 1912” (en Harvey David pg 281); No. 3, “Pintura de Kandinsky Les Deux de 1924” (Harvey David, pg 282) y No. 4, Foto de Fallingwater de Wright.

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Hösle, Vittorio. “The Third World as a Philosophical Problem,” Social Research 59 (Summer 1992), pp. 227-262.

“EL TERCER MUNDO COMO PROBLEMA FILOSÓFICO”

(Traducción del ensayo del profesor Vittorio Hösle;
Profesor Andrés Melo Cousineau)

Mi título puede parecer extraño por dos razones. En primer lugar, uno puede negar que el concepto del tercer mundo sea legítimo. Luego de la disolución del Pacto de Varsovia parece que sólo hay dos mundos —-el mundo de los pobres y el mundo de los ricos—- y la pregunta política fundamental de los próximos años parece ser si los países de la Europa del Este y de la Unión Soviética harán parte del primero o del aún llamado así, tercer mundo (el cual  entonces debería ser rebautizado como “segundo mundo”). Además, la utilización de la palabra “mundo” es altamente cuestionable —–de hecho, implica que los diferentes mundos tienen una autonomía y no puede reconocer que todos los seres humanos están viviendo en uno y solamente un mundo interdependiente. Finalmente, la aplicación de diferentes números ordinales a los diferentes mundos, claramente no sólo sirve un propósito de nomenclatura. Sugiere que los diferentes mundos tienen diferentes lugares en una jerarquía de valor: el primer mundo es de alguna manera superior al tercero y  es del telos  del tercero el aproximarse al primero. Esto es implicado por los términos “países en vía de desarrollo” y “países desarrollados”.
Pero incluso, si pudiéramos tener éxito al elaborar un concepto mejor para la compleja realidad a la cual hacemos referencia normalmente con el término del “tercer mundo”, una segunda problemática aparece. ¿Por qué constituye esta realidad un problema filosófico? Uno otorgaría con facilidad que economistas, sociólogos científicos-políticos, antropólogos, en números incrementados los científicos naturales, especialmente geógrafos y biólogos con intereses  ecológicos, tienen que ver con esta realidad; pero, ¿por qué los filósofos? De hecho sólo una minoría de los filósofos contemporáneos tienen que ver con este problema, los demás prefieren elaborar teorías sutiles que parecen contribuir muy poco para la comprensión del mundo en que estamos viviendo. Pero claro, esta queja no es un argumento, tal vez sea el destino de la filosofía volverse cada vez menos y menos relevante para un mundo mucho más complejo que el de cualquier cultura pasada.
En cierto sentido, sin embargo, el sólo hecho de que podamos aludir al primer tema, responde nuestra segunda problemática. La clarificación de conceptos es un trabajo filosófico clásico. Al utilizar el término “tercer mundo”, presuponemos un número de cuestiones altamente cuestionables, que nos perturban, y esta perturbación sólo puede ser respondida con la filosofía. Desde Platón la filosofía una y otra vez ha sido comprendida como la meta-ciencia universal, como aquella disciplina que tiene que ver con conceptos generales y presuposiciones desde las cuales las ciencias singulares comienzan, usualmente sin reflexión alguna sobre su validez. Por lo tanto, yo estoy firmemente convencido de que el progreso de las ciencias y de las humanidades nunca harán de la filosofía algo superfluo. Por el contrario: la destrucción de fronteras entre las diferentes ciencias puede hacer que la filosofía sea aún más necesaria. Reconocemos, más y más, que para poder confrontar apropiadamente un tema como el del tercer mundo, diferentes disciplinas tienen que cooperar, y aunque no tenemos una teoría de la ciencia que tematice el trabajo interdisciplinario, la filosofía, comprendida como la ciencia de los principios de diferentes ciencias bien podría ayudarnos a desarrollar tal teoría. La importancia de la filosofía es especialmente obvia si reflexionamos acerca de las presuposiciones normativas de las ciencias y las humanidades; las presuposiciones normativas son, en efecto, ni analíticas ni empíricas, y por lo tanto sólo la filosofía tiene que ver con ellas de una manera racional. Ya hemos visto en lo anterior cómo en el término “tercer mundo” se encuentran presentes matices evaluativos ocultos; y necesitamos aún más de la filosofía si queremos responder la pregunta normativa explícita de lo que debemos hacer frente a los problemas éticos y políticos que son representados por el tercer mundo. Pues es claro que la distancia que se incrementa entre los mundos primero y tercero hace que surjan algunas de las preguntas morales más difíciles para el mundo moderno. No sólo lleva a cuestionar nuestras ideas más elementales de la justicia; junto con la crisis ecológica y la acumulación de armas de extinción masiva, amenaza la propia supervivencia del género humano. Casi todas nuestras preguntas tradicionales en lo que concierne a nuestro comportamiento moral parecen raramente obsoletas con respecto a estos tres problemas —-pues si no tenemos éxito en solucionarlas, las generaciones futuras difícilmente tendrán problema moral alguno del cual preocuparse.  No solo habla en contra de la adaptabilidad de nuestras sociedades occidentales  el que no hayamos tenido éxito en integrar nuevas normas en lo que concierne a la ecología y al tercer mundo en un sistema de reglas que puedan guiar nuestro comportamiento; sino que habla también, por lo menos hasta cierto nivel,  contra el sistema de investigación en nuestras universidades  el que no hayamos aludido a nuestras novedosas problemáticas de una manera convincente dentro de nuestra reflexión moral.
En lo que sigue, primero trataré de analizar la génesis histórica del problema del tercer mundo; pues me parece que sin reflexiones sobre la filosofía de la historia, muchas de las preguntas morales y políticas permanecen abstractas y no arrojan frutos. Debemos conocer la esencia teórica de los problemas que intentamos comprender bajo un punto de vista ético; y la esencia de las culturas no puede ser comprendida sin conocer su historia. Esta aproximación histórica, en el caso del tercer mundo, tiene la ventaja añadida de que ya en el siglo XVI se había logrado un nivel teórico impresionante con respecto a los problemas normativos relevantes. Leyendo los grandes textos de Vitoria y Las Casas, encontramos argumentos que nos pueden ayudar con nuestros problemas actuales. En segundo lugar, trataré de discutir las diferentes preguntas morales que son implicadas por nuestra relación con  el tercer mundo; centraré mi argumento en aspectos económicos, políticos y culturales. Sin embargo no podré dar las respuestas definitivas; me contentaré con hacer algunas preguntas precisas.

Asincronía en la historia humana

La situación representada por la oposición entre los así llamados, primero y tercer mundos parece, bajo una primera mirada, no ser algo nuevo en la historia del mundo. Al menos desde la formación de las altas culturas —que no tuvo lugar simultáneamente alrededor del mundo—- podemos hablar de una “asincronía” en el mundo humano. Hay algunas culturas que son mucho más “desarrolladas” que otras, y es este diferente grado de desarrollo el cual representa la mayor razón para las enormes dificultades éticas involucradas en las relaciones entre ellas. Yo quiero insistir en el hecho de que esta asincronía es una característica casi necesaria de la historia humana; por lo menos es más probable que diferentes culturas en diferentes regiones se desarrollaran a velocidades diferentes, a que ellas se hallan desarrollado simultáneamente. La asincronía, por lo tanto, no es algo accidental sino que pertenece a la condición humana.
Al utilizar el término “más desarrollada” no quiero implica que sea éste un desarrollo necesariamente más bueno, que necesariamente lleve a una forma de ser superior. Esta muy difícil pregunta sólo puede ser tomada en cuenta más adelante. Sencillamente quiero decir señalar el hecho de que las culturas cambian y que existen algunas leyes para este cambio. Algunas etapas vienen necesariamente después de otras. La nueva etapa de una cultura está caracterizada por algunas elementos que no existían anteriormente y que constituyen un paso hacia adelante en el proceso de racionalización —-cualesquiera pueda ser la ultima evaluación de este proceso.
Aunque podemos hablar de racionalización con respecto a varios subsistemas culturales, creo que es más útil si restringimos nuestra distinción aquí a la dicotomía básica entre racionalidad técnico-instrumental y racionalidad de valor. La primera racionalidad busca caminos para encontrar la realización de nuestros fines, cualesquiera sean la naturaleza de estos; culmina ella en el increíble poder sobre la naturaleza y la sociedad que las ciencias modernas y la tecnología (incluyendo las tecnologías sociales) le han dado a la humanidad. El segundo tipo de racionalidad intenta encontrar criterios para justificar nuestros fines; y aquí yo presupongo (una vez más sin haber ya evaluado este desarrollo) que la historia de la conciencia moral de la humanidad es caracterizada por el progreso hacia ideales universalistas como aparecen primero en las religiones monoteístas y que logra su articulación filosófica durante la ilustración europea. La realización política de estos ideales presupone, claro está, la racionalidad técnica. La diferencia entre estas dos formas, por lo tanto, no es absoluta. Sin embargo es de extrema utilidad distinguir entre las dos.
El “progreso” en lo que respecta a la racionalidad técnica, usualmente (aunque no siempre y nunca inmediatamente) garantiza a la cultura más desarrollada un mayor poder sobre las que son menos desarrolladas —–ya sea esto en sus estructuras políticas que son mejor organizadas, en su economía que funciona de manera más eficiente, o en nuevas comprensiones referidas a las ciencias que permiten una mejor tecnología militar. El progreso con respecto a la racionalidad de valor lleva a un sentimiento moral de superioridad, incluso muchas veces de superioridad intelectual, que a los ojos de la cultura superior, legitima una asimetría en la relación con las culturas menos desarrolladas. Recuerdo simplemente la actitud de los hebreos con respecto a las naciones politeístas que estaban a su alrededor, y la división del mundo por los griegos entre ellos mismos y los bárbaros. El progreso técnico, por otro lado, usualmente no lleva a una comparable emoción de superioridad; por lo menos es muy difícil que justifique dicho sentimiento. Sin embargo, no se excluye —-e incluso es natural—– que una sociedad que es superior solo a nivel técnico trate desesperadamente de verse a sí misma como superior también en el nivel moral para así poder legitimar su uso del poder.
La cultura  tecnológicamente superior puede o no utilizar su posición de ventaja para subyugar a otras culturas; puede limitarse a la autodefensa, o puede tratar de expandir su influencia a través de medios culturales, económicos y/o militares. La cultura que es avanzada con respecto a la racionalidad de valor puede querer hacer lo mismo (pero esto no es necesario); sin embargo es obvio que si su superioridad está basada solamente en la racionalidad de valor no podrá expandirse. Hasta el siglo IV a.C. los griegos (quienes sin duda alguna significan una nueva etapa en el desarrollo de la racionalidad científica y moral) no tenían ni la ambición ni la posibilidad de subyugar a otras naciones, sino que simplemente querían preservar su independencia de los persas; y si abstraemos de la creación de colonias en áreas que previamente no habían sido colonizadas densamente, una expansión de la cultura griega sólo comenzó luego de que los griegos mismos hubieran sido subyugados por una nación que siempre  se había considerado como culturalmente inferior: los macedonios. Con Alejandro Magno, el primer imperialista europeo, se da el primer intento de imponer la cultura occidental en naciones no occidentales muy antiguas y complejas. Es con su gran expedición que los temas morales y políticos que están ligados con las temáticas de este ensayo aparecen por primera vez. Probablemente no es una exageración decir que la falla de su plan no solamente tuvo que ver con su temprana muerte, sino igualmente por el hecho de que los griegos no estaban ni emocional ni intelectualmente preparados para tener que ver con estas temáticas. La resistencia a los intentos de Alejandro de integrar a los griegos y a los orientales, y el asumir algunos aspectos del estilo oriental, fueron inmensos. Su expedición, sin embargo, también promovió el desarrollo de algunas ideas intelectuales que contribuyeron a la solución de los problemas creados por el conflicto de culturas. En el Helenismo la ética de la polis, tan característica de Platón y Aristóteles es cada vez más remplazada por una filosofía moral universalista; la idea del cosmopolitismo surge.
El siguiente gran paso en la historia del imperialismo europeo es representado por el imperio romano. Cabe resaltar aquí el hecho de que los romanos subyugaron no sólo culturas que eran menos desarrolladas en cuanto a conceptos de racionalidad; también subyugaron a los griegos cuya inferioridad política y militar fue compensada por la superioridad en las artes y en la filosofía. Las peculiares relaciones que resultaron de estas asimetrías requerirían de un estudio independiente bastante valioso. Para mi propósito es suficiente recordar que una de las razones para la grandeza de los romanos consistió precisamente en el hecho de que pronto reconocieron la parcial superioridad de los griegos y trataron de aprender tanto como pudieron de ellos. En un cierto sentido ha habido una revancha griega sobre los romanos. En lo que respecta a las culturas menos desarrolladas y subyugadas por los romanos, dos aspectos son de especial relevancia. Los romanos los integraron de manera bastante adecuada a su sistema político al darles diferentes derechos, administrándolos de manera justa y respetando sus tradiciones; también fortalecieron su interés en hacerse o permanecer como miembros del imperio romano al acostumbrarlos a  los aspectos confortables de la forma de vida romana.
Por otro lado, es bien sabido que los bárbaros finalmente prevalecieron sobre los romanos. Desde el siglo III varios de los emperadores romanos fueron nativos de culturas menos desarrolladas, y para el siglo V el imperio romano occidental sucumbió a los germanos. Desde el periodo romano tardío hasta el presente, grandes historiadores filósofos y teólogos han investigado las diferentes causas empíricas y el sentido más profundo de este único caso en la historia del mundo: la caída de una gran cultura causada por naciones menos desarrolladas política, jurídica y artísticamente. A medida que los elementos centrales de la civilización griega y romana fueron interiorizados por los celtas y los germanos, se conformó esa cultura que hoy en día es la base del primer mundo. Con seguridad la amalgamación de los romanos y los germanos se hizo mucho más sencilla por el hecho de que el sistema central de legitimidad de la nueva cultura era una religión que, por un lado, era más universalista que la anterior, y por otro lado, hacía alusión a las necesidades míticas de los anteriores bárbaros. A pesar de todos los cambios desde la temprana Edad Media hasta hoy, ningún evento singular destruyó la cultura europea de una manera comparable al fin de la cultura griega o romana. La transformación estructural de la cultura europea se debe a cambios internos y a su expansión hacia otras partes del mundo. A través de esta última, el destino de Europa ha devenido el destino del mundo; y el tercer mundo es el último resultado de estos dos factores: la expansión europea y el gigantesco progreso que la Europa moderna ha realizado con respecto a estos dos conceptos de racionalidad.
De cierta manera, uno puede decir que algo análogo a nuestro problema del tercer mundo actual comienza con el descubrimiento de América. Desde el siglo XV diferentes naciones europeas comenzaron a colonizar otros continentes —–África, las dos Américas, Asia y, finalmente, Australia. Sería muy reductivo el considerar que el mayor catalista para esta colonización hubiese sido el  perenne problema maltusiano; la gente también murió de hambre en la temprana Edad Media, y nadie pensó en dejar a Europa. Se requería de un cambio de mentalidad para poder dejar los pilares de Hércules detrás. Y no sería una exageración si uno liga este cambio a la destrucción del cosmos aristotélico finito que caracteriza la transición desde la Edad Media a la modernidad. La negación de una frontera dada es una de las principales características del mundo moderno y nos es difícil no admirar la curiosidad intelectual, la absoluta creencia en una idea teórica, y la fortaleza de voluntad que animaron la empresa de Colón. Claro, detrás de la colonización de América habían fuertes intereses económicos; el rápido desarrollo del capitalismo de intercambio con seguridad fue promovido por el descubrimiento del oro. Además de la curiosidad intelectual y la avaricia pura, el deseo de convertir a los nativos a la cristiandad jugó un papel; el impulso misionario se sigue del carácter universalista de la cristiandad. Uno logra comprender una característica importante en la relación entre el primer y el tercer mundo  desde el siglo XV hasta el presente, si uno reconoce la peculiar relación mixta de explotación brutal y, al mismo tiempo, del deseo  sincero de ayudar a los nativos que es característico de estas relaciones. De hecho, la  relación de España con las colonias americanas en el siglo XVI aparece como asombrosa tanto por las innombrables atrocidades cometidas contra los nativos, como por la búsqueda de criterios de justicia que pudieran gobernar el comportamiento hacia los indígenas. El lector de Brevísima relación de Bartolomé de las Casas, no debería dejar de lado el libro sin reflexionar acerca del hecho que todos estos crímenes por lo menos podían ser denunciados, y que una parte del público en España no podía creer lo que estaba ocurriendo a miles de millas de allí, sinceramente luchando por justicia. Sin duda no es fácil responder la siguiente pregunta, ¿fueron los sacerdotes que acompañaron a los conquistadores también responsables, así ellos  mismos hayan condenado la violencia cometida, en la medida que su presencia de cierta manera legitimaba la empresa? Es imposible negar que con su mera presencia ellos contribuyeron a que la cristiandad apareciera como una religión extremadamente hipócrita que hablaba del amor universal y sin embargo, era la religión de criminales brutales. Pero es claro, que sin la presencia de estos misionarios incluso mayores crueldades hubiesen sido cometidas. La hipocresía al menos reconoce en teoría ciertas normas, y al hacerlo da al oprimido la posibilidad de buscar ciertos derechos. Una brutalidad abierta puede ser más sincera, pero la sinceridad no es el único valor. Una brutalidad sincera no genera nada positivo; la hipocresía, por su lado, tiene dentro de sí la fuerza que logre superarla.
El descubrimiento del nuevo mundo cambió la vida de los nativos de una manera dramática: las grandes culturas andinas y mesoamericanas  desaparecieron, millones de personas murieron —-en parte muertas intencionalmente, en parte debido a enfermedades importadas por los europeos. Casi tan terrible como las heridas que recibieron en sus cuerpos, fue la crisis de identidad dentro de la cual cayeron los nativos: ya no pertenecían a la cultura anterior y tampoco aún a la europea. La asincronía se convirtió en la clave no solo de la relación entre las dos culturas diferentes, sino de su propia cultura que no se podía desarrollar orgánicamente. La asincronía intrínseca es de hecho la característica más impactante de las culturas del tercer mundo.
La mente europea también fue transformada por este encuentro. El descubrimiento de otras culturas y de un nuevo mundo engrandeció el horizonte y mostró posibilidades intelectuales novedosas. Sin embargo, contribuyó a la crisis de la creencia de los europeos en su propia cultura; y esta crisis fue además reforzada por los crímenes cometidos por los europeos. Muchas de las obras de la literatura posterior sobre el colonialismo —–recuerdo especialmente “El corazón de las tinieblas” de  Joseph Konrad—- describen con horror el barbarismo en que cayeron los europeos; y todos presuponen, acertadamente, que la repetición de algunos rituales crueles de los nativos por parte de los europeos es algo moralmente mucho más incomprensible que las acciones originarias de los bárbaros. Porque la regresión es siempre peor que la falta de desarrollo. En este contexto es notable que ya en el siglo XVI comienza la idealización del noble salvaje. La nostalgia por la mente arcaica y el disgusto con el barbarismo de la reflexión van de la mano, y sólo cuando en los dos últimos siglos la subjetividad perdió todo contacto con el orden de valor objetivo, se hizo dominante esta idealización.
De la pugna entre los europeos y los americanos nativos ya en el siglo XVI dos importantes disciplinas se desarrollaron: el derecho internacional y la antropología. El texto de Victoria llamado Relectio de iure belly, el primer intento de encontrar criterios legales para guerras justas, fue, como él lo señala en el prefacio, motivado por la conquista de América; y quien estudia su libro Relectio de Indis, queda asombrado por el nivel de argumentación del mismo. Vitoria deja de lado justificaciones de la conquista que no tengan un sentido legal o moral y reconoce aquellos títulos legales que incluso hoy día son aceptados como justos. Es especialmente digno de mención que el padre dominicano desaprueba la idea de que el rechazo de la fe cristiana puede legitimizar una guerra justa contra los indígenas (II 4); cree él, sin embargo, que una negación a escuchar a los misionarios cristianos podría justificar una guerra (III 2). Pero una y otra vez, repite que la situación legal entre los españoles y los indígenas debe ser simétrica; para cualquier derecho válido de los españoles debe corresponder un derecho válido para los indígenas (II 3). Vemos aquí las centrales ideas universalistas de la ley natural cristiana aplicadas a las relaciones internacionales e interculturales; y de hecho el desarrollo posterior de la filosofía del derecho en la edad de la ilustración continúa estas líneas argumentativas, el resultado final siendo la ética universalista kantiana y en el moderno estado constitucional. “Todos los hombres son seres racionales” y “Los indios no son esclavos por naturaleza” son dos de las más significantes afirmaciones de Las Casas en su disputa con Ginesius de Sepúlveda quién utilizó la doctrina de Aristóteles de la esclavitud natural para poder legitimizar el comportamiento español contra los indígenas.
Pero la aplicación de ideas universalistas a culturas foráneas no es el gran descubrimiento del siglo XVI. El segundo gran descubrimiento, como ya lo he dicho, es la antropología. Mientras las culturas no cristianas conocidas para la Europa medieval estaban basadas en otras dos religiones monoteístas y compartían por lo tanto, muchos estándares de racionalidad con los cristianos, el hecho más desconcertante de los indígenas era su otreidad. Es de extrema importancia darse cuenta que el énfasis de la diferencia de los indígenas en el contexto del siglo XVI era un topos de los conservadores; pues si los indígenas no eran como los europeos, ¿por qué se les debería otorgar los mismos derechos? El interés antropológico en las diferencias entre culturas parecía contradecir el pathos universalista de una identidad fundamental para todos los seres humanos con respecto a sus derechos básicos. Es esta tensión entre la descripción no prejuiciada del otro y de la idea normativa de igualdad la que constituye hasta el día de hoy el problema central en cualquier teoría de relaciones justas entre diferentes culturas; y creo yo que estamos lejos de una teoría satisfactoria.
Sin embargo la situación no es simplemente tal que interés en la otredad esté necesariamente ligado con la inatención de los derechos de la otra cultura. Déjenme recontar un problema con el cual los españoles estaban bastante involucrados  ——tengo en mente, claro está, los sacrificios humanos. No debe haber mucha duda que los conquistadores españoles (personas con seguridad acostumbradas a la sangre) fueron sinceramente impactados por los sacrificios; frecuentemente legitimaron su atrocidad bajo esta institución. Aquí, de una manera curiosa, las ideas universalistas —–que incluyen el respeto por la vida humano  inocente—- fueron utilizadas como pretexto para actuar en contra de los indígenas de una manera incompatible con estas ideas. Vitoria inclusive acepta como título legítimo de la conquista la preocupación por vidas inocentes que de otra manera serían sacrificadas (también en el caso de aquellas víctimas que estuvieran de acuerdo con ser sacrificadas: III 5). (Las Casas, sin embargo, insiste que este título devendría inválido si llevara una guerra en la que más personas serían muertas que las que serían salvadas de los sacrificios.) Ahora bien, es difícil negar el argumento de Vitoria. Si uno acepta, bajo la base de una ética universalista, los derechos fundamentales de los indígenas, es difícil negar estos derechos a las víctimas; y de esta manera las ideas universalistas que parecían ser las únicas que protegían a los indígenas, parecen también legitimar como última ratio, las violentas interferencias con su cultura.
Es en este contexto que Las Casas trata, por primera vez en la historia mundial, de desarrollar una historia inmanente para comprender a una cultura menos desarrollada. Primero, recuerda a sus contemporáneos que las naciones europeas en su pasado también han cometido sacrificios —incluso Abraham había estado dispuesto a asesinar a su propio hijo. En segundo lugar, ve él un sentido moral profundo en los sacrificios humanos: Los indígenas quieren sacrificar a Dios aquello más precioso que ellos conocen, a saber, la vida humana. Lo que parecía ser una señal del mayor irrespeto por la vida humana resulta en verdad desde la elevación más alta posible, Claro, Las Casas está convencido que a largo plazo estos sacrificios humanos deben ser abolidos, pero la evaluación de esta costumbre en el contexto de su cultura le permite verlo como menos repulsivo de lo que le parecía a todos sus contemporáneos.
Me parece que una de las razones por la grandeza teórica (y no solo política) de Las Casas  es su aproximación a la cultura indígena bajo intereses etnográficos-antropológicos que están ligados a un pathos universalista referido a los derechos fundamentales. Pocas personas han podido combinar estas dos perspectivas: Kant y Mill por un lado desarrollaron dos variantes de la ética universalista, pero ninguno de ellos trata el hecho de que la ética universalista es elle misma el resultado de un proceso histórico extenso. Kant cree que el imperativo categórico es atemporal, no solamente en su validez, sino en lo que concierne al reconocimiento por los humanos. Por lo tanto, él ni quiera puede preguntar, y menos aún responder, cómo debemos actuar hacia culturas en donde los principios universalistas son foráneos. El principal problema ético de la ética kantiana es que presupone una asimetría: por lo tanto ni los no-humanos ni tampoco las culturas con una mentalidad que no sea compatibles con los ideales universalistas, pueden ser sus sujetos. Su universalismo, que ignora  la historia de la conciencia moral, en efecto no puede ser la base de una teoría normativa apropiada para las relacionales interculturales.
Por otro lado, el creciente interés por la otredad y la diferencia en la antropología moderna parece socavar la posibilidad de proposiciones normativas e incluso de comprensión teorética. Debe haber algún elemento común para aproximarse a otra cultura. Si no hubiese identidad yo ni siquiera podría señalar las diferencias, sino que tendría que permanecer en silencio con respecto a la otra cultura; no sería posible decir que el análisis moderno de la racionalidad arcaica significa un progreso con respecto a la visión ahístorica de la ilustración. Aun más peligrosa es nuestra confusión postmodernista entre génesis y validez. Si del hecho de que la idea de los derechos humanos es el producto de la historia se siguiera que no tuvieran una validez intercultural, entonces ciertamente cualquier intento por encontrar criterios de justicia en las relaciones entre el primer y el tercer mundo sería futil; pues la idea de justicia no se podría aplicar a relaciones interculturales.
Por lo tanto, me parece obvio, que solamente visiones universalistas basadas en la tradición del derecho natural combinadas con una conciencia historicista nos puedan ayudar a mirar el problema. El primer pensador europeo que elaboró una filosofía normativa de la cultura humana que lograba ambas fue Vico; y en las últimas décadas es especialmente el trabajo de Kohlberg sobre la ontogénesis de la conciencia moral, el que nos ha dado una base sólida para la realización de este programa.  La aplicación de los estudios de Kohlberg a la reconstrucción de la filogénesis de la conciencia moral por Appel y Habermas es, para mí, la postura más prometedora referida al problema de las relaciones interculturales. Como es bien sabido, Kohlberg, Appel y Habermas distinguen seis diferentes etapas de la conciencia moral, la última de éstas siendo caracterizada por ideales universalistas. Yo creo, sin embargo, que una séptima etapa debe ser añadida; una etapa en que la mente universalista reconoce que su posición es la más alta, pero también la última y, por lo tanto, debe vivir con culturas que todavía no la han logrado. Incluso los más grandes ilustrados no superaron la sexta etapa: Este parece ser el límite más serio de la conciencia burguesa moderna.
Lo que hemos afirmado hasta ahora es necesario, pero aún no suficiente, para poder comprender  la esencia del tercer mundo. La conquista de América fue sólo el primer paso en la génesis del tercer mundo. Un salto cualitativo entre las culturas europeas y no europeas sucedió con la revolución industrial; y las diferencias entre la colonización de América en el siglo XVI y de la del interior de África a finales del siglo XIX se deben principalmente al profundo cambio que mientras tanto había tenido lugar en la tecnología y en el alma de Europa. La última etapa ha sido la de la descolonización.
Los principales cambios que ocurrieron en Europa luego del descubrimiento de América se dieron en el proceso de racionalización que llevó a una nueva idea de ciencia, muy diferente a la de los griegos, que se alío con un programa tecnológico y una nueva forma de economía, el capitalismo. La unidad de la cultura medieval se fracturó: diferentes subsistemas culturales tales como los del amor, la cultura, la política, lo militar, el arte y la religión devinieron autónomos: la racionalidad tecnológica se desarrolló hasta un punto nunca visto en la historia humana. La Revolución Industrial dio a las culturas con un pasado europeo una ventaja que ha sido bastante difícil lograr alcanzar; su poder superior ha sido consolidado durante siglos; la asincronía del mundo se ha agudizado de un modo único en la historia del mundo. Esto es todavía aún más válido cuando uno considera que el triunfo de la tecnología moderna está arraigado en un cambio radical de mentalidad y que probablemente ha cambiado el alma humana como ningún otro evento desde el Neolítico. Esto, por cierto, fácilmente explica las dificultades de la transferencia de tecnología: Las culturas que no llevaron a cabo este cambio de mentalidad, muy probablemente errarán si adoptan tecnologías occidentales. (La principal excepción a esta regla, Japón, es extremadamente  difícil de comprender.)
Simultáneamente con el desarrollo de un nuevo programa científico, un  progreso importante se ha dado en lo referido a los ideales universalistas basados en otro gran descubrimiento de la modernidad: la subjetividad soberana. sistemas políticos fueron creados que garantizaron el derecho individual a la autodeterminación a un nivel único en la historia global. La esencia de los Estados Unidos de América es que pudo desarrollar estas dos ideas de la modernidad de una manera mucho más pura que los europeos; situado en un nuevo continente podía, al menos parcialmente, abstraer de la historia precedente. La autonomía de la tecnología llevó a la ampliación de la brecha entre la racionalidad técnica y la de valor, una distancia extremadamente peligrosa para la estabilidad intelectual y moral de Europa. El proceso de racionalización ha devenido más y más vacío; la capacidad de identificación emocional en una comunidad —-una condición necesaria para la felicidad—– se ha reducido rápidamente; y las fuerzas centrifugas de un individualismo extremo amenazan de manera incrementada la creencia del racionalismo tradicional en un mundo como orden estructurado. Dado que el sacrificio y la renuncia no parecen ser necesarios para la mayoría de nosotros, la voluntad de sacrificarse a uno mismo, o por lo menos de renunciar, desaparece.
La conexión entre el nuevo sistema político y la nueva tecnología la provee el capitalismo. Ningún otro sistema económico ha tenido la dinámica para producir tantas mercancías y garantizar este nivel de autodeterminación individual;  promovido por la evolución científica y tecnológica aceleró decididamente este desarrollo. Las consecuencias negativas del capitalismo, sin embargo, no son menos impactantes que sus ventajas; al menos una acentuación temporal en las polarizaciones entre ricos y pobres, un cambio en el sistema de valor en los individuos y  una necesidad desesperada  por recursos baratos para poder satisfacer las necesidades que genera. La explosión demográfica, que el mundo ha atestiguado desde el último siglo, comenzó en los países industrializados (lugar donde sólo había sido posible.) El número incrementado de ciudadanos, al igual que las ideas de distribución egalitaria que llevaron a un incremento en las necesidades, inevitablemente causaron dos de los mayores problemas contemporáneos: la crisis ecológica y el del tercer mundo. Las colonias fueron requeridas en parte para conseguir más recursos, en parte para conseguir más mercados. Uno no tiene que ser un marxista para reconocer la racionalidad económica detrás de la  política colonial de la edad imperial. El imperialismo de finales del S. XIX y comienzos del siglo XX estaba basado en ideas nacionalistas: una pluralidad de estados completamente soberanos competían por poder político y económico. El carácter antiuniversalista del nacionalismo está en claro conflicto con la mayor tendencia del desarrollo moderno; las dos Guerras Mundiales fueron el resultado.
Es de extrema importancia ver que el colonialismo moderno, a pesar de su carácter  antiuniversalista, fue casi un resultado necesario del individualismo moderno. Las ideas occidentales de la libertad y justicia social paradójicamente llevaron a la subyugación de las colonias. Para poder garantizar el crecimiento económico dentro de los estados industrializados, muchos de los recursos del tercer mundo fueron y son, todavía, necesitados desesperadamente. Sin embargo, el conflicto entre los poderes industrializados fue superfluo e incluso contraproductivo; y luego de la Segunda Guerra Mundial un nuevo orden político fue creado que por primera vez en la historia moderna unía a todos los países capitalistas industrializados en una estructura política y militar. Hasta 1989, sin embargo, los países occidentales estaban en oposición con los países socialistas. Su ideología negaba las ideas a la base del capitalismo moderno; sin embargo aceptaba la moderna opción “industrializada” para una sociedad tecnológica.
El desarrollo del tercer mundo luego de la Segunda Guerra Mundial está caracterizado por tres tendencias. La primera y más importante, fue la descolonización, que con respecto a las más viejas colonias americanas ya había comenzado hacia finales del siglo XVIII. La idea europea de nacionalismo que había entrado en las mentes de las élites del tercer mundo se convirtió en una de las principales causas para la lucha por la independencia. Ciertamente hay algo paradójico en este hecho: la misma idea que terminó siendo la contribución más peligrosa de Europa a la política mundial, fue utilizada por la colonias como base para su libertad. El lector del famoso libro de Fanon, Les damnés de la terre, no puede sino sentir que todas las categorías que él utiliza para cuestionar el dominio político y cultural sobre las colonias son el resultado típico de la historia intelectual de occidente, especialmente la idea de nación. África había conocido tribus y tal vez una solidaridad Panafricana, pero con seguridad no naciones en un sentido europeo.
En segundo lugar, la descolonización descuidada no terminó con la dependencia. Simplemente fue transformada de una dependencia constitucional a una dependencia económica. Por un lado —–esto debe ser bienvenido—- las brutales intervenciones militares de parte de los poderes coloniales se han hecho cada vez más extraños. Por otro lado, la dependencia económica, aunque ya no tan manifiesta como antes, en parte empeoró la situación. Las corporaciones multinacionales son más anónimas y por lo tanto más difícil de controlar que los gobiernos. La soberanía formal de los nuevos estados debilitó el sentido de responsabilidad sobre los anteriores estados coloniales; en varios estados hizo que la ayuda en casos de emergencia fuera más difícil. Las nuevas élites fueron y son frecuentemente extraordinariamente corruptas; usualmente se identifican con el modo de vida occidental y para poderla compartir deben conseguir dinero donde sea. La sincronía intrínseca de los países del tercer mundo es la principal razón de la corrupción —–el hecho de que muy a menudo ni siquiera han interiorizado una moralidad de ley-y-orden, pero son confrontados por las tentaciones de la riqueza moderna. La insurgencia, tan comprensible como pueda ser , muy raramente alivia la situación (por lo menos si no es inmediatamente éxitosa.); y la instrumentalización de tercer mundo durante la guerra fría, cuando los conflictos entre las dos superpotencias fueron luchados por los países más pobres, no contribuyó a la mejoría de la situación.
El tercer aspecto del tercer mundo de posguerra es la creencia, muy generalizada, de que simplemente es una cuestión de tiempo antes que los países en desarrollo lleguen al nivel de los del primer —–o al menos del segundo—- mundo. Los ideales universalistas al igual que la fe, reforzada por la tecnología que todo puede ser logrado en principio, han llevado a esta creencia. Además, las disparidades entre el primer y el tercer mundos se hacen, de esta manera, soportables; como telos del mundo se imaginó un estado donde todas las personas pudieran vivir una vida comparable a la del primer mundo. Ahora bien, esta esperanza no ha sido hecha realidad, y sabemos hoy día que esta esperanza no se hará realidad, porque no se puede hacer realidad. El modo de vida occidental no es universalizable —–si todos los habitantes de este planeta consumieran tanta energía como el promedio de un europeo o un norteamericano, numerosos ecosistemas de nuestra tierra ya hubiesen colapsado. Pero incluso si una universalización fuese posible, ¿es acaso el valor intrínseco del primer mundo tan realmente alto que pudiéramos desear que se hiciera universal? Es con esta prehistoria, y estas dudas en mente, que ahora sí podemos tratar las preguntas éticas que conciernen a las relaciones entre el primero y el tercer mundos.

Criterios Morales

Habiendo descrito el curso principal de los eventos y la lógica detrás de ellos, tratemos de evaluarlos y de encontrar criterios morales para las relaciones entre el primero y el tercer mundo. Comienzo con la afirmación que señala cómo el primer mundo tiene una responsabilidad de mejorar, tanto como pueda, la situación en el tercer mundo. Tres razones se pueden dar para dicha responsabilidad. Primero, está dentro del interés propio racional  el que occidente prevenga que la polarización entre los dos mundos se desarrolle más. Es extremadamente improbable que un mundo pueda ser pacífico en donde menos del 10% de la población dispone de más de tres cuartos de la riqueza del mundo;  a las personas que no tienen nada que perder no se les puede pedir que renuncien al uso de la violencia, si esta es la única manera para satisfacer sus necesidades básicas. Especialmente en conexión con las probables catástrofes ecológicas del próximo siglo, las migraciones son bastante probables, y para ellas no estamos preparados ni moral ni  políticamente. En general, es uno de los principales errores de nuestra civilización moderna el querer reparar antes que prevenir. Nuestra medicina es diferente a la de los antiguos al insistir demasiado en terapia más que en prevención. De manera análoga, la seguridad nacional se considera más en términos de ganar una guerra,  que de prevenirla; especialmente, luego del probable fin de la guerra fría, es obvio que el conflicto Norte-Sur es el conflicto más peligroso ahora en el globo terráqueo. El derecho a la autodefensa no puede ser negado; sin embargo, es claro que el uso de este derecho se hace cuestionable, o al menos no libre de culpabilidad si no todo se ha hecho con anterioridad para evitar una situación en que la autodefensa se haga necesaria.
La segunda razón tiene que ver con la prehistoria del tercer mundo. Dado que el primer mundo ha intervenido en estas culturas, ha destruido su desarrollo natural, las ha obligado a una asincronía intrínseca y les ha robado su anterior unidad orgánica, tiene una responsabilidad por la situación actual que es comparable a la responsabilidad civil de una persona que ha causado daño. Al tomar sus recursos, y gran parte de su fuerza de trabajo, ha contribuido a su propia riqueza y a la pobreza del otro. Por lo tanto, es justo que regrese parte de lo que ha tomado. Claro, hay un numero de objeciones a este argumento: por ejemplo, la prescripción es considera de manera correcta como un principio importante de la ley y no es del todo claro a quién deben ser regresados estos dineros. Sin embargo, me parece que el punto central del argumento es válido por lo menos a nivel moral (si no en el político) y que por ende debería entrar en nuestra conciencia de manera más profunda de lo que lo ha hecho hasta ahora. Este es más así en la medida en que la explotación de los recursos y de la fuerza de trabajo del tercer mundo continúa.
Es claro, sin embargo, que no tiene sentido para los países del tercer mundo el caer en la autocompasión y quejarse acerca de los crímenes de los poderes coloniales —-la autocompasión es el más grande obstáculo contra el dominio del futuro. Lo que ha pasado ha pasado; la madurez consiste en tratar de hacer lo mejor con ello y de hecho no se puede negar que introducción forzada de ciertos estándares de la racionalidad occidental le ha dado a los países en desarrollo también la oportunidad de superar ciertas calamidades e injusticias anteriores. El problema general acerca de si uno debe agudizar la conciencia de las personas de las injusticias se aplica aquí también. Por un lado, es el único camino para superar las injusticias, pero por otro lado, el resentimiento con respecto al pasado es una de las cosas más inútiles en el mundo. Un cambio en la conciencia es la primera condición para superar la opresión; la falta de realismo y el odio muy raramente ayudan.
Mientras que los primeros dos argumentos tienen que ver con la responsabilidad moral de estado y culturas, el tercer argumento se aplica a los individuos; no presupone una culpabilidad personal o colectiva. Fue afirmado, hasta donde yo sé, por primera vez por Albert Schweitzer quien describió cómo cuando era niño de repente se dio cuenta de la fortuna que tenía de haber sido criado en una buena familia. Él sintió que debería dar algo a cambio por esta suerte; fue este sentimiento el que finalmente lo llevó a una decisión vital. Schweitzer no trató de argumentar en defensa de este principio; como ha sido hecho  por otros filósofos basados en el concepto existencialista de la libertad. Según ellos, una propiedad esencial de la persona es aquella que es adquirida por la persona misma, y las propiedades innatas pueden ser libremente adquiridas sólo si actuamos para poder merecerlas. Sólo al expresar una solidaridad con los menos afortunados realmente merecemos nuestra suerte y de esa manera nos volvemos genuinamente libres.
Pero, ¿por qué debemos practicar la solidaridad con los más pobres? Nuestra moralidad cotidiana está fuertemente determinada por una idea que retrocede hasta la doctrina estoica de la oikeiosis y que encuentra expresión en el precepto evangélico “ama a tu vecino”. De acuerdo con esta idea, nuestros valores morales decrecen en proporción directa con la distancia física de los posibles sujetos de nuestros deberes. Ahora bien, por un lado, es obvio que sería absurdo darle de comer a una persona a miles de millas de distancia, mientras que mi propio hermano muere de hambre. Pero, por otro lado, la regla debe ser suplementada a tomar en consideración la necesidad. Me parece a mí más moral si, por ejemplo los miembros de una familia le piden el uno al otro el enviar dinero a organizaciones inteligentes del tercer mundo, en vez de comprarse regalos de Navidad el uno al otro, lo cual no cumple ninguna necesidad genuina. Yo sé, claro que —–aunque este principio tiene mucho sentido para la razón—– es extremadamente difícil hacer que funcione al nivel de la motivación. En el pasado ninguna cultura ha considerado el deber de ayudar a otras culturas lejanas que estuvieran sufriendo de hambruna. El hecho, sin embargo, de que a través  de los medios de comunicación modernos tenemos conocimiento directo de lo que ocurre a lo lejos, cambia la situación y también la conciencia de que en principio a través de la tecnología moderna, el hambre puede ser superada. Esto incrementa nuestra culpabilidad en caso de omisión.
Sin embargo, es claro que la ayuda de las personas privadas —– importante como lo es—- no puede ser suficiente para solucionar el problema; y desafortunadamente no se puede negar que muchos proyectos bien intencionados han incrementado la situación desesperada en el tercer mundo. Cambios incisivos en los ámbitos económicos, políticos y culturales, son necesarios.
Para comenzar, una evaluación moral apropiada de las relaciones económicas entre el primer y el tercer mundo es extremadamente difícil. Por un lado, tenemos la teoría neoclásica tardía en que cada precio que resulta de un contrato libre es por definición el precio correcto; los precios que pagamos hoy en día por los productos del tercer mundo son, entonces, justos por definición. Pero esta teoría —-dependiente del positivismo legal—- es claramente inaceptable; soluciona el problema normativo sólo por que lo elimina.  Por otro lado tenemos la doctrina marxista de la explotación y esta es igualmente inaceptable, no solo porque su objetivo —–la introducción de una economía planificada—– incrementaría la explotación, sino también porque la doctrina presupone una teoría al valor que sencillamente ya no tiene sentido, aunque también fue la doctrina de Smith y Ricardo. Lo que necesitaríamos para poder criticar, de una manera profunda, las relaciones económicas entre primer y tercer mundos es una teoría del valor apropiada; y nuestra cultura no posee tal teoría. Buenas críticas del capitalismo son ciertamente importantes, pero desafortunadamente no son fáciles—- el marxismo, de cualquier modo, no puede ser su base.
Sin embargo, déjenme nombrar cuatro objeciones que ya son posibles contra el actual sistema económico mundial. En las últimas décadas los economistas han argumentado que los demasiado bajos precios de los recursos naturales son una de las razones principales para la destrucción del ambiente. Estoy convenido de que el argumento es correcto y que los costos, por ejemplo de reforestar, deberían entrar en el precio de la madera, o que los costos para sembrar nuevos árboles (lo cual limitaría el efecto invernadero) deberían entrar en el precio de la gasolina. Ahora bien, es claro que los precios más altos mejorarían las economías de algunos países que disponen de importantes recursos; sin embargo, empeorarían las economías de aquellos países sin dichos recursos. Uno puede cuestionar la justicia de un mundo en que el poder económico dependería, aún más que hoy en día, de las contingencias de distribución de importantes recursos; pero con seguridad algunos límites a la destrucción de la tierra serían del interés, a largo plazo, de los países que viven de exportar estos recursos escasos.
La superioridad moral del capitalismo sobre el feudalismo estaba basada en la idea de que cada agente es, al menos al principio, igual y libre. Sin embargo, es obvio que no sólo el mérito determina el poder que uno tiene en el juego económico. La suerte y la herencia también contribuyen a las oportunidades que uno pueda tener. Dentro de la misma economía del país, sin embargo, hay algunos mecanismos de redistribución tales como los impuestos que, aunque sólo, de manera parcial, corrigen desigualdades que han devenido demasiado grandes. Estos mecanismos existen sólo dentro de los países desarrollados; no se aplican a la mayoría de los países del tercer mundo, y no se aplican a las relaciones económicas internacionales. Por lo tanto, la brecha entre  países pobres y ricos es muy probable que se acreciente si nada se hace al respecto. Porque el principio de contrato libre, siendo tan importante como lo es, lleva a precios justos solamente si ambos lados tienen un poder contractual comparable; y es obvio que el poder contractual de una persona o un país, que desesperadamente necesita comida, es muy inferior que aquel de una persona rica, ya que el pobre no puede ocultar su orden de preferencia. Entre más pobre uno sea, más condiciones arbitrarias tendrá uno que aceptar para poder satisfacer las necesidades básicas —-lo cual es difícilmente comprensible como un principio justo. Hago completa abstracción del hecho de que en muchos de los países del tercer mundo no hay posibilidades de organizar a los trabajadores de una manera comparable a la nuestra. Esto contribuye al bajo precio de la fuerza de trabajo del cual se aprovechan no solo las élites del tercer mundo sino las del primer mundo.
La tercera objeción contra la justicia de la situación actual resulta del trabajo pionero de Weber sobre las presuposiciones intelectuales del capitalismo. En donde estos cambios de mentalidad no han tenido lugar, el capitalismo difícilmente puede llevar a una riqueza universal —-este parece ser la consecuencia del análisis de Weber. Claro, es fácil culpar a los países del tercer mundo por su carecer las virtudes secundarias clásicas del capitalismo: la autodisciplina, la parsimonia, etc.; pero es ingenuo y ahistórico el asumir al Homo oeconomicus como habiendo siempre existido. La aparente justicia de tratar a cada ser humano como si tuviera la misma racionalidad económica es en verdad la más grande injusticia. Con seguridad es necesario que, a largo plazo, el tercer mundo interiorice por lo menos algunas de las partes esenciales de la ética de trabajo capitalista (esto, por cierto, parece ser más fácil en Asia que en las culturas africanas); pero mientras este no sea el caso, una política de crédito como la de los últimos veinte años es altamente inmoral. La corrupción de las elites era bastante conocida (y bienvenida, ya que la corruptabilidad siempre es una ventaja para volverse más rico); y para cualquier persona que tuviera si quiera el más mínimo y modesto conocimiento de las presuposiciones culturales de la tecnología, era obvio que los gigantescos proyectos, para los cuales se estaban otorgando los créditos, estaban destinados a fallar dejando sólo deudas. La importancia social y política del problema de la deuda actual nos recuerda la historia antigua, con la importante distinción, sin embargo, que los prestamistas y los deudores ahora pertenecen no a diferentes clases sino a diferentes países; y una solución justa del problema a mis ojos no puede consistir en insistir sobre el principio formal de que las deudas deben pagarse por completo. “Deuda por naturaleza” es una buena alternativa.
El cuarto y último argumento en contra de la actual situación es que muchas de las alternativas que han sido desarrolladas en los países del tercer mundo durante las últimas décadas han sido inculcadas por el primer mundo, aun cuando su introducción sólo ha llevado a consecuencias fatales para el tercer mundo. Uno de estos ejemplos es la comercialización de pan de trigo en África que compitió injustamente con la producción local de milet, sorgo, cassava, aunque sólo pocos países africanos pueden cultivar trigo de manera económica. Por ende, la dependencia con el primer mundo se incrementó. Claro, uno podría argumentar que el consumidor permanece soberano en su decisión, pero es bastante obvio que el ciudadano del tercer mundo no puede bien prever las probables consecuencias en los cambios de sus gustos, a diferencia de las compañías occidentales con mucho mayor y más fácil acceso  a la información. Quien sabe más, también tiene más deberes —–este principio aplica aquí igualmente. No solamente es culpa del tercer mundo que la producción de comida es dejada de lado en favor de la exportación de artículos con los cuales las elite del tercer mundo pueden financiar sus lujos. Sus compañeros en el primer mundo, y claro, también los consumidores que los financian —–comparten esta culpabilidad, pues deben saber  que gracias a su demanda están destruyendo las bases de cada economía, principalmente de la agricultura, en los países del tercer mundo.
Es imposible hablar de la economía del tercer mundo sin mencionar el tema demográfico. Aunque ciertamente no es cierto que ya seamos demasiados para que nos podamos alimentar, y aunque es claro que el hambre mundial es el resultado de la distribución y no de la producción, dos cosas deben ser afirmadas: en primer lugar, hay límites para la producción (al igual que para la carga humana sobre el ambiente), e incluso en un mundo de distribución ideal, cuyos pobladores fueran vegetarianos, el problema maltusiano rápidamente surgiría si no hubiese controles sobre la tasa de natalidad. En segundo lugar, es muy ingenuo asumir una distribución ideal:  dada la naturaleza humana y los mecanismos de distribución que existen ahora, no es realista el tratar de superar el hambre sin colocar controles sobre la tasa de nacimiento. Sin embargo, es claro que ya a nivel teórico este problema es mucho más complejo que otros. Una penalización financiera de una familia con más de dos o tres niños a través de una política de impuestos, golpearía a los niños quienes claramente no son responsables de haber nacido; y una invitación a la esterilización de cada hombre o mujer que haya dado a luz a dos o tres niños es, en la mayoría de los países del tercer mundo, considerado como una violación a un derecho sagrado. De hecho, no debemos olvidar que incluso si dejamos de lado correctamente la idea (que no puede ser universalizada) de que hay un derecho natural para tener tantos hijos como uno quiera, dos problemas permanecen. En primer lugar, no es necesariamente justo decir que cada pareja tiene derecho a tener dos niños;  pues no sólo los individuos sino también las culturas tienen derechos. Cuando somos impactados por la taza de natalidad en África no debemos olvidar que el primer mundo tuvo un crecimiento comparable, y que es Europa, no África, la que tiene una población densamente desarrollada. Si todas las culturas fueran tratadas de manera igual, todas aquellas que hubieran pecado en contra de la automoderación demográfica tendrían una gran ventaja. En segundo lugar, el número límite de la población mundial depende también de nuestras necesidades; podemos ser mucho más, si consumimos menos; y con seguridad hay algo profundamente moral en la decisión de vivir una vida modesta, pero tener una familia grande. No puedo resistir comunicar una impresión que a menudo tengo en los países del tercer mundo; las familias pobres, con muchos niños, frecuentemente conocen una felicidad que es ajena a las ricas familias de hijos o hijas únicas del primer mundo. Pero, estoy convencido que sin una racionalización del comportamiento demográfico la justicia y la paz no pueden ser logradas; el efecto de cualquier redistribución social de las oportunidades —–por ejemplo, el de una reforma agraria en los países del tercer mundo—-  podría ser aniquilada en pocas generaciones si el crecimiento demográfico continuara sin controles. En este contexto la emancipación de la mujer en los países del tercer mundo es de la máxima importancia. No menos relevante es una justicia social mayor, pues los niños son la única riqueza de los pobres. Hay aquí, sin embargo, un claro círculo vicioso; pues la racionalización del comportamiento demográfico depende de  la introducción de la justicia social, y esto es difícilmente posible sin limitaciones al crecimiento demográfico.
Todos los argumentos en contra de la supuesta justicia del orden económico mundial desafortunadamente aún no muestran qué podemos hacer. Uno puede argumentar que demasiado dinero y demasiadas mercancías fluyen del tercer mundo hacia el primer mundo, y muy pocas en la dirección opuesta, pero esto no soluciona el problema central: ¿a quién debería dársele el dinero? Desafortunadamente es innegable que mucha de la ayuda para el desarrollo hizo más ricos y más corruptos a los ricos de los países del tercer mundo; y con seguridad no es  moral el entregar dinero solo para calmar una mala conciencia.
Con respecto a la pregunta, hacia quién debería ser dirigida esta ayuda, veo dos criterios morales relevantes: En primer lugar, las personas que son más necesitadas deben recibirlos. En segundo lugar, las personas que parezcan ser multiplicadores de ayuda son candidatos plausibles, pues el objetivo último de la ayuda debe ser el de hacer que la ayuda se haga superflua, no el patrocinar la inercia. Los dos grupos usualmente no coinciden. Niños indefensos en barrios pobres, y los oficiales gubernamentales responsables conforman los dos extremos. En el medio vería yo cooperativas a nivel local. En el caso de gobiernos corruptos la ayuda intergubernamental no debe ser continuada, y al primer mundo no le debe temblar la mano para  condenar lo que debe ser condenado —-lo cual, evidentemente, es mucho más fácil si no se ha promovido la corrupción por un largo periodo. Me parece a mí que el paternalismo es un mal menor que la indiferencia;  el país que provee ayuda tiene derecho a relacionar su ayuda a condiciones, sí y solo sí estas condiciones cumplen un interés del país en desarrollo. No solo no hay un derecho a la corrupción, sino que el derecho a errar termina allí en donde el bienestar de millones depende del no errar.
Con respecto a las políticas internas de los países del tercer mundo me parece justificado que el primer mundo promueva democracias estables y eficientes. No se debe olvidar, sin embargo, que para que la democracia funcione presupone una mentalidad basada en el respeto por la ley y el orden; en donde éste no es el caso, fácilmente se convierte en disfuncional. Aunque hay argumentos a priori para defender la superioridad de la democracia, esto no quiere decir que para cada cultura, a cada nivel de su desarrollo, la democracia sea el mejor sistema político. Un buen estado garantiza los derechos a la seguridad y a la economía, y desafortunadamente no se excluye a priori que estos derechos, por cierto tiempo, pueden ser mejor defendidos por gobiernos no democráticos. En China menos personas mueren de hambre que en India. Sería profundamente inmoral el considerar la libertad de prensa como el único criterio relevante cuando juzgamos gobiernos de los países del tercer mundo. Por siglos, Europa fue gobernada por los monarcas, y de acuerdo a la  famosa tesis de Tocqueville, sólo un absolutismo ilustrado podía destruir al feudalismo y así preparar la democracia. Un sistema autocrático que supere las injusticias sociales ciertamente puede ser mejor que una democracia en la que el gobierno es claramente corrupto y tanto  las elites como las masas carecen de la virtudes públicas necesarias para una democracia. Es verdad, sin embargo, que en el mundo actual, especialmente luego de la crisis del comunismo, las democracias son consideradas más y más como el único sistema político legítimo. Una oportunidad que resulta con el fin de la Guerra Fría es que un consenso internacional de los países más poderosos en cuanto a la evaluación moral de los gobiernos del tercer mundo podría ser lograda, dado que la evaluación no tendría que estar prejuiciada por los temores estratégicos con respecto al equilibrio Este-Oeste. Incluso intervenciones sancionadas internacionalmente para deshacernos de los gobiernos más deplorables del mundo son, a mis ojos, legítimas si están motivados por los intereses de la mayoría de un país del tercer mundo.
Para hablar brevemente acerca de las políticas internacionales, sin duda es obvio que necesitamos un nuevo orden mundial. Una pluralidad de centros soberanos (que para poder ser soberanos necesariamente deben intentar conseguir armas de extinción masiva) no es compatible con una paz duradera y tanto la interdependencia de la economía mundial como el reto ecológico solicitan de nosotros, cada vez más, decisiones a nivel global. Quien ha entendido la relación entre las hambruna y las guerras debe esperar que a los países del tercer mundo se les impida el entrar en guerra el uno contra el otro. Inclusive una paz americana-soviética era mejor que una anarquía internacional. La primera condición de dicha paz es, claro, el dar por terminada la exportación de armas hacia los países del tercer mundo. Solamente luego de esto se gana un derecho moral de intervención por parte del primer mundo. El imperialismo es una palabra fea, pero la indiferencia frente a los problemas globales del mundo es aún peor; y si ciertos problemas no pueden ser solucionados a nivel nacional, entonces la fundación de estructuras internacionales que sean capaces de confrontarlos es un derecho e incluso un deber para todos los estados responsables. El fin de la Guerra Fría abre, sin duda, la posibilidad de un nueva orden internacional  del cual la totalidad del mundo podría verse beneficiada. ¿Pero cómo se estructurará este orden? ¿Reemplazará la confrontación entre países capitalistas y socialistas por una confrontación entre los que tienen y los que no tienen (haves and have-nots)? ¿Serán la cortina de hierro entre Este y Oeste remplazada por una cortina dorada entre Norte y Sur?¿O será que el nuevo orden mundial enfrentará los problemas reales del mundo moderno y tratará de superar la pobreza masiva en el tercer mundo y la amenaza contra nuestro ambiente natural común?
Pero, con seguridad, el problema principal entre la relación primer y tercer mundo no es ni económico ni político —–es cultural. ¿Tiene el primer mundo el derecho de planear el nuevo orden mundial aún si considera los intereses del tercer mundo mucho más de lo que lo había hecho en el pasado? ¿Es realmente legítimo el desear una sociedad mundial construida de acuerdo a los valores occidentales? Pienso que la respuesta correcta a esta pregunta debe evitar dos extremos. Un extremo es el del relativismo cultural. Así suene muy progresivo, el resultado final es el de la negación de la posibilidad que pueden haber normas morales obligatorias para las relaciones interculturales;  y esto no es mucho mejor que el positivismo de poder. Igualmente la idea de que debemos respetar cada cultura tal y como es, incluso si su sistema de valores incluye las violaciones más abiertas de los derechos humanos —–no sólo es impracticable; es inconsistente teoréticamente. Esto es así ya que presupone la autodeterminación como valor más alto, y este es uno de los valores occidentales más importantes. El relativismo cultural como ideología puede ser la última consecuencia del imperialismo cultural de occidente.
Por otro lado, es claro que debemos mirar con gran sospecha nuestra propia cultura. Es nuestra cultura occidental la que ha llevado a la humanidad al borde del desastre ecológico, y es nuestra forma de vida la que no es universalizable y por lo tanto es inmoral. Uno comprende mucho cuando uno ve, por ejemplo, que la corrupción del tercer mundo, una de las características más repulsivas de estas culturas y una de las más grandes causas de la pobreza masiva resulta del deseo desesperado de las elites del tercer mundo de imitarnos. El primer mundo tiene el derecho de estar disgustado por la corrupción, pero sólo si reconoce —–como en un espejo distorsionado—– la caricatura de sí mismo. Si occidente no cambia su sistema de valores, si no construye una economía que sea justa a nivel social y compatible con la preservación del ambiente, deja de lado su derecho de enseñar a otras culturas lo que deben hacer. Las ideas universalistas de la moralidad son un progreso sustancial con respecto al cual debemos sentirnos orgullosos; la autonomía incrementada y la aceleración de la tecnología serán autodestructivas si no son controladas por principios morales. Esto es aplicable a nosotros y aún más, es aplicable a culturas que todavía no tienen la mentalidad para utilizar esa tecnología.
La expansión de la cultura de occidente debe estar involucrada primariamente en la extensión de la moralidad universalista; pero en cambio la tecnología domina, generando necesidades absurdas más allá de cualquier medida humana. Pero incluso a un nivel estrictamente moral, tratemos de comprender diferentes moralidades antes de condenarlas. Claro, el infanticidio practicado por muchas culturas arcaicas no era el camino correcto para solucionar el problema demográfico; pero la racionalidad detrás de esto era la intuición de que las tasas de nacimiento y de mortalidad deben estar en cierta proporción con los ecosistemas si estos han de sobrevivir. Esta intuición, como muchas otras intuiciones contenidas en los mitos de las culturas, no deben perderse. Estoy lejos de creer que el mito y la ciencia tengan el mismo criterio de verdad, pero estoy convencido que el mito es una aproximación holística a la realidad, que tiene algunas ventajas en comparación con la manera analítica y sectorial del pensar peculiar de la ciencia. El mito no distingue aún entre un orden causal y un orden eidético, pero a una época que esté interesada sólo en el análisis causal, el mito debe recordarle que los valores deben ser tenidos en cuenta. El mito reconoce que los humanos son parte del cosmos —–una intuición casi olvidada por el subjetivismo moderno. La pobreza masiva debe ser superada —–pero reconozcamos con admiración las virtudes hacia las cuales ésta ha educado a muchas de las personas del tercer mundo. El encuentro con su vitalidad y solidaridad muchas veces nos entrega la fortaleza para soportar el narcisismo de muchos de los habitantes del primer mundo.
Si la diversidad cultural no entra en conflicto con la idea del derecho o con el interés común de los seres humanos, para sobrevivir en conjunto en este planeta, debe ser reconocida como un valor y protegida como tal, incluso aún más que la biodiversidad. Las culturas son reservas y formas de expresión, al igual que representaciones simbólicas, y dado que no hay una única manera de representar y de expresar la verdad, cada intento merece el derecho a ser preservado. El orgullo en su propia cultura puede volverse peligroso si imposibilita a los miembros de su cultura el reconocer los valores de otras culturas. Yo no soy ciego a los peligros del programa político anti-occidental más peligroso, el fundamentalismo islámico. Por otro lado, si la ideología  consumista destructiva de occidente no debe ser imitada, el retorno a las raíces propias puede ser una de las maneras más exitosas de superar dicha dependencia. Las elites que luchan por los intereses legítimos de su país son mejores que aquellos que simplemente quieren compartir los lujos de occidente. No debemos olvidar que la cultura islámica de la edad media logró un universalismo e ilustración de un grado superior que el de la cristiandad contemporánea; al-Farabi no tenía un colega igual en occidente para su tiempo. Estudiemos su trabajo y recordemos a los musulmanes del nivel de universalismo que tenían en su pasado en vez de caer en indulgencias de clichés banales respecto a la cultura islámica. La cultura islámica decayó porque ignoró los logros de occidente. Evitemos el mismo destino.
La principal categoría de las relaciones interculturales es, claro está, la identidad. Identidad personal y cultural claramente significan algo diferente a la identidad tautológica A=A, que nunca es un problema, mientras que la búsqueda por la identidad si lo es. No puedo discutir el problema con la profundidad que merece, pero quiero finalizar indicando tres momentos necesarios en la búsqueda por cualquier identidad racional. En primer lugar, una relación con ideas universales es necesaria; cualquier identidad que niegue esta relación está condenada a devenir patológica y parasítica. Sin embargo, hay diferentes maneras de realizar el universal, y la capacidad que uno tiene es usualmente determinada por el pasado propio, ya sea éste individual o colectivo. Quien ignore su historia errará al intentar encontrar una identidad razonable; la historia propia por lo tanto es el segundo momento en la búsqueda de la identidad. Pero el individuo sólo puede buscar su propia identidad peculiar al confrontarla con otras identidades; y el sentido más profundo del amor es obviamente el encontrar una identidad estable y moral. Ahora bien, este aspecto intersubjetivo no sólo se aplica a relaciones interpersonales, es válido también para relaciones interculturales. La confrontación con otra cultura puede ser traumática; pero también puede llevar al un desarrollo en que una cultura se realice. Déjenme terminar con una historia que ilustra adecuadamente mi punto. En los Tales of Chassidim, recopilada por Martin Buber,  encontramos la historia de un rabino pobre Eisik,  hijo de Jekel que vivía en Cracovia. Varias veces fue perseguido por un sueño que lo incitaba ir a Praga; bajo el puente principal él encontraría un tesoro. Finalmente el rabino deja Cracovia; una vez llega a Praga observa durante muchos días a los soldados que están mirando el puente. Eventualmente el capitán de los soldados se dirige a él, y Eisik le comenta su sueño. Pero el capitán se burla de él; él mismo, le responde, es confundido por un sueño similar de ir a Cracovia para buscar un tesoro en la esquina detrás de la estufa de un pobre rabino llamado Eisik, hijo de Jekel. Pero él nunca tomaría ese sueño seriamente. Tiene toda la razón, responde el rabino, quien regresa a su casa y encuentra el tesoro prometido en el sueño.
No me gusta el momento asimétrico de la historia, pero estoy convencido que enseña algo con lo cual yo quiero concluir: El primer mundo no superará su crisis de identidad si no comienza a buscar y a respetar la identidad del tercer mundo.

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